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Antonio el camionero y su chequeo de próstata
Fecha: 28/02/2026, Categorías: Gays Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
... gesto de hombre al que todo le suda la polla, literalmente. Antes de salir, se giró hacia Luca. Lo miró con una mezcla extraña, difícil de leer: algo entre gratitud y desprecio, como si le reconociera el servicio pero al mismo tiempo le diera asco haberlo necesitado. Una forma de mirar que sólo Antonio sabía transmitir, como quien te da una palmadita en la cara justo antes de partirte los dientes. Y salió de la consulta con el rabo aún palpitando y el ego más gordo que su polla. Dejando tras de sí el humo, el silencio incómodo… y una tensión que tardaría en disiparse. La puerta de la consulta se cerró con un golpe seco. El eco resonó por un instante. El silencio volvió. Pero el olor no se fue. Luca seguía de rodillas, los labios aún húmedos, el sabor de Antonio pegado al paladar como un recuerdo físico. Le temblaban las piernas, el corazón, la polla. Respiraba agitado, como si no pudiera aterrizar aún. Se incorporó despacio. Se apoyó en la camilla, donde aún brillaban los restos de lubricante y sudor del camionero. Se llevó los dedos a los labios, saboreando lo que quedaba. Cerró los ojos. El eco de esa voz ronca, de esa risa bruta, de esa polla viva… lo invadía. Se abrió la bata y bajó el pantalón del pijama médico sin pensarlo. Su rabo apareció duro como una piedra cuando la liberó del tejido elástico de sus slips. Se lo agarró con una mano y empezó a pajeárselo con ...
... movimientos rápidos, ansiosos. Veía a Antonio en su mente: de pie, sudado, con el cigarro en la boca, el pecho peludo, las botas sucias, y la polla aún goteando tras correrse como una bestia. Recordaba cómo le había sujetado la cabeza, cómo le había llamado maricón sin rencor, con una mezcla de desprecio y satisfacción. Luca jadeaba cada vez más fuerte. Se inclinó sobre la camilla, apretando la frente contra el cuero, mientras se la meneaba con furia. Pensaba en ese glande enorme entrando en su garganta, en los huevos pegándole en la cara, en el gemido grave que soltó Antonio justo antes de correrse. Y con un gruñido sordo, se vino. El semen le salpicó la camilla, el suelo, las manos. Se corrió con espasmos largos, retorciéndose como si acabara de liberar un demonio que tenía atrapado dentro. Se quedó quieto un momento. Respirando fuerte. Empapado. Desbordado. La polla aún le palpitaba entre los dedos manchados, el cuerpo le temblaba como si le hubieran dado una paliza de placer. La consulta olía a macho, a corrida caliente y a vergüenza deliciosa. Luego, sin moverse, murmuró para sí, con la cara aún apoyada en la camilla: —Joder… tendría que haberle pedido que me la masajease él a mí… Y soltó una risa breve, rota, sucia. Porque claro… con semejante herramienta, ese animal le habría estimulado la próstata y removido hasta el intestino grueso. Y aún así, habría valido la pena.