1. El Juego del Tío y la Sobrina - Final


    Fecha: 01/03/2026, Categorías: Incesto Autor: Daniela Brito, Fuente: TodoRelatos

    ... realmente la paralizó. Marta, de pie junto a la estufa, la observó de arriba abajo, deteniéndose en el collar, en el escote del vestido, en las marcas apenas visibles en sus muslos. Por un segundo, Eva estuvo segura de que diría algo, de que la regañaría, la cuestionaría, la salvaría.
    
    Pero Marta solo suspiró y volvió a remover la salsa.
    
    —La cena está casi lista —dijo, como si nada fuera anormal—. Siéntense.
    
    Eva, aliviada pero confundida, se dirigió hacia una de las sillas, pero antes de que pudiera sentarse, la voz de Pablo la detuvo.
    
    —No ahí —dijo, golpeando suavemente su muslo con la palma de la mano—. Aquí.
    
    El significado era claro. Eva lo miró, luego a su madre, pero Marta no protestó. Con movimientos lentos, Eva se acercó a Pablo y, con un rubor que le quemaba las mejillas, se sentó sobre sus piernas, sintiendo cómo el vestido se levantaba aún más, exponiendo sus nalgas adoloridas al contacto con los jeans de él.
    
    —Así está mejor —murmuró Pablo, pasando una mano posesiva por su cintura mientras con la otra tomaba un sorbo de vino.
    
    Marta, sentándose frente a ellos, no dijo nada. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Eva, hubo un entendimiento silencioso, una resignación que hizo que el estómago de Eva se retorciera.
    
    "Ella sabe. Dios mío, ella sabe."
    
    Pero nadie lo mencionó. En lugar de eso, comenzaron a cenar, como si fuera una noche cualquiera, como si Eva no estuviera sentada en el regazo de su tío, como si su cuerpo no estuviera ...
    ... marcado por él, como si su alma no le perteneciera por completo.
    
    La cena transcurrió con una tensión apenas disimulada bajo conversaciones triviales y el tintineo ocasional de los cubiertos contra los platos. Eva, sentada sobre las piernas de Pablo, apenas podía concentrarse en la comida. Cada movimiento de su tío, cada roce casual de sus manos sobre su cintura, cada respiración cálida en su nuca, la mantenía en un estado de alerta constante. Su madre, Marta, actuaba con una normalidad perturbadora, como si no notara —o decidiera ignorar— la dinámica perversa que se desarrollaba frente a sus ojos.
    
    Cuando terminaron de comer, Pablo no necesitó palabras. Un simple gesto con la cabeza hacia el pasillo fue suficiente para que Eva entendiera.
    
    —Ve a tu cuarto —ordenó, su voz baja pero cargada de una autoridad que ya no podía desobedecer.
    
    Eva asintió, deslizándose de su regazo con movimientos torpes, sintiendo cómo el vestido de encaje se ajustaba aún más a su cuerpo al ponerse de pie. No miró a su madre. No se atrevía. Caminó hacia su habitación con pasos rápidos, sintiendo las miradas de ambos clavadas en su espalda, en las marcas que el vestido no lograba ocultar por completo.
    
    En la cocina, el silencio se extendió por unos segundos después de que Eva desapareciera por el pasillo. Marta, con movimientos calmados, se acercó a Pablo, que aún estaba sentado en la mesa, disfrutando los últimos sorbos de su vino. Sin previo aviso, pasó una mano por el bulto que se marcaba en ...
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