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La habitación de mi padre
Fecha: 03/03/2026, Categorías: Incesto Autor: Mercedes, Fuente: CuentoRelatos
Habíamos terminado por quedarnos solos. Ninguno de los dos quería admitir su propia soledad y tratábamos de mentirnos manteniendo cada uno en su espacio una rutina que pretendía dar a entender que todo seguía como antes. Él venía a verme dos veces en la semana. Por propia iniciativa y cuando pasaba un tiempo sin hacerlo yo provocaba su visita con el pretexto de resolver, en mi departamento, algún problema doméstico. Él, a su vez, me invitaba todos los sábados a cenar en un restaurante del centro de la ciudad, a lo que yo retribuía el domingo siguiente preparando algún menú especial que disfrutábamos juntos a la hora de almuerzo en mi departamento frente al parque. Sin embargo, los dos sabíamos, que este armónica situación no podría mantenerse por mucho tiempo. No era lógica, ni conveniente, ni económica y hasta resultaba peligrosa en los tiempos que estábamos viviendo. Así, poco a poco, la idea de vivir bajo el mismo techo se fue abriendo paso, hasta el día en que hablamos por primera vez de ello. Recuerdo que fue en el restaurante frente al río que tanto nos gustaba. En una armonía perfecta fuimos ultimando los detalles y cuando nos fuimos de ahí ya estaba claro que yo me mudaría a su casa el próximo fin de semana. Debo confesar que la decisión tomada, si bien era feliz, no me tenía muy tranquila desde el punto de vista de mi propia conducta. A mi edad, 38 años, había desarrollado un modelo de vida independiente, sin grandes preocupaciones, dueña de mi ...
... espacio, segura de no ser observada, a menudo caminaba por mi departamento ligera de ropas, a veces desnuda, en un ambiente relajado al máximo. Nunca había compartido mi espacio con nadie y menos con un hombre, de modo que, conociendo mi carácter, me preparé para superar todos los inconvenientes que podría derivarse de ocupar ahora espacios comunes con él. Ya instalados en la casa, comencé a darme cuenta que no se trataba solamente de compartir espacios con otra persona, sino que también de sentir en todo momento la presencia de su personalidad fuerte. Era un hombre de 55 años, aun plenamente vigoroso, que parecía marcar los espacios en todo lo que hacía y que sin mostrar en absoluto ansias de dominio, por su sola presencia, quedaba establecida una jerárquica indiscutible que yo acepté de buen grado, porque en realidad no me molestaba y me hacía sentir protegida y segura. En suma, me gustaba el cambio que habíamos operado. Sin embargo, las primeras noches me costaba conciliar el sueño. El solo pensar que él estaba bajo el mismo techo durmiendo o leyendo en su cuarto allí, a unos cuantos pasos, en el otro lado del pasillo, ocasionaba en mi una rara inquietud y comencé a preguntarme si a él habría de sucederle lo mismo. Yo estaba dispuesta a preguntárselo en la mañana, pero llegado el momento me di cuenta que no sabía que preguntarle porque yo tampoco tenía claro en mi mente lo que me pasaba. Pensé que había que dejar al tiempo la adaptación necesaria a la nueva ...