1. Las aventuras de Loverboy (3)


    Fecha: 14/03/2026, Categorías: Gays Autor: ivangro, Fuente: CuentoRelatos

    ... cercanías del sector portuario. Puede ser una fuga activa, señor.
    
    Ruthenford se irguió, endureciendo aquella cincelada mandíbula. Miró a Troy una vez más. Una lluvia fina empezaba a golpear con fuerza sobre el callejón, pero la tensión en sus ojos era aún más pesada. Mientras tanto Troy, que había escuchado el radio, se preguntaba si los restos encontrados del sexyd-69 podían ser los derramados durante su primera lucha.
    
    —Domínguez —dijo con firmeza—. Asegúrate de que este chico llegue sano a su casa. Que no lo vea nadie más en ese estado. Usted me entiende.
    
    —¡Sí, señor!
    
    El capitán se quedó observando a Troy durante un segundo más mientras se alejaba. El saco blanco cubría su cuerpo macizo y voluminoso. Demasiado para él. Pero ahora, al verlo alejarse, Ruthenford sintió algo que lo obligó a desviar la mirada: una punzada. No de culpa. De algo más profundo. Algo antiguo que comenzaba a salir a la luz.
    
    Se dio media vuelta y comenzó a alejarse, su ancha espalda en forma de perfecta V se desvaneció entre luces húmedas y sombras del callejón. Pero a cada paso, sus pensamientos se volvían más densos, más pesados.
    
    Había algo en ese muchacho que le incomodaba profundamente. No solo por lo que provocaba… sino porque lo reflejaba.
    
    La primera vez que Ruthenford sintió deseo, fue también la primera vez que sintió vergüenza. Aquella noche de su despertar sexual, cuando se enfrentó a un cuerpo desnudo por primera vez, no hubo placer. Solo confusión. Pánico. El suyo ...
    ... no era un cuerpo común. Su miembro —absurdo, desproporcionado, grotescamente enorme— había causado terror en vez de deseo.
    
    Desde entonces, cada encuentro fue un fracaso. Nadie podía con él. Nadie quería.
    
    Y así aprendió a odiar lo que lo hacía diferente. A reprimir. A disciplinar su cuerpo y su mente como un arma contra el deseo y así unirse a los sex-arrest. Como castigo y como escudo.
    
    Hasta ahora.
    
    Porque ese chico… ese Troy… A pesar de no registrar ninguna excitación para los scanners, lo había mirado sin miedo y hasta con un profundo deseo.
    
    Y eso era imperdonable.
    
    Grunt no era un hombre, era una bestia. Un bloque de carne sudorosa, sucia y llena de aceite industrial como una máquina que jamás pasó por mantenimiento. Medía más de dos metros y parecía haber sido ensamblado en algún taller clandestino. No tenía músculos definidos y cincelados como los de Ruthenford, sino volumen brutal: brazos como troncos con grasa endurecida, una panza pétrea que sobresalía como un yunque bajo su abrigo de cuero desgarrado y grasiento. El cuello desaparecía entre hombros tan anchos que parecía no poder girar la cabeza sin girar el torso entero.
    
    Tenía el rostro cubierto por una barba espesa, manchada de hollín, comida seca y fluidos viejos. Vello negro sobresalía de su camisa abierta que poblaban dos redondos y voluminosos pectorales, y sus manos —anchas, callosas, llenas de cicatrices— parecían haber sido diseñadas para aplastar más que para tocar. Siempre olía a aceite ...
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