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Cálido y sentimental
Fecha: 30/03/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... llena la casa con promesas de un día tranquilo. Mi madre estaba barriendo el patio, tarareando una vieja canción de Julio Jaramillo, cuando de repente frunció el ceño. —¿Y Emilia? —preguntó, deteniendo su escoba en seco. Yo estaba en la cocina, tratando de recordar si había dejado algo en el horno, mientras Samuel cambiaba a Emilia en la habitación. La pregunta quedó flotando por un segundo, hasta que mi papá, desde su hamaca, respondió sin abrir un ojo: —¿Está con Samuel? Mamá suspiró con fuerza al no recibir respuesta, como quien sigue el rastro de algo importante, casi detectivesco. —No sé… Amor!!!, pero… ¿Qué está haciendo que no pueda contestar? Dejé la cuchara y salí al pasillo, donde el sol entraba con descaro, iluminando cada rincón. Volví a llamarlo. No hubo respuesta. El ambiente era tibio… y algo más. Y ahí fue cuando lo escuchamos: un suave «¡aaaaah!» Emilia. Samuel salió con la bebé envuelta en una mantita rosa, y una expresión entre divertida y resignada. El rostro de mi bebe estaba manchado con una enorme sustancia blanca que no tardé en dilucidar que se trataba del semen de mi esposo. Todos reímos, incluso papá que ahora sí abrió los ojos. Mamá, con una sonrisa de oreja a oreja, se acercó a mirar a su nieta. —Ay, Emilia… tan pequeña y ya marcando territorio —dijo entre carcajadas. Tenía el característico olor del semen que invadía el ambiente, causó revuelo, terminó siendo el primera gran experiencia incestuosa alrededor de ...
... nuestra bebé. Porque con Emilia, cada día venía con una sorpresa, a veces fragante, a veces explosiva, pero siempre llena de amor. Samuel era un amante del fútbol. De esos que se emocionan con levantarse los domingos a ver partidos de ligas que nadie más sigue, y que siempre tienen una excusa para ponerse los guayos y salir a jugar, aunque fuera a jugar con amigos del barrio en una polvorienta cancha al lado del río. Aquel domingo, el sol no daba tregua. Parecía que todo el calor del universo se había concentrado sobre ese pedazo de tierra donde, una hora después, veinte adultos corrían como si estuvieran disputando la final del mundo. Y Samuel, con su camiseta empapada y el rostro rojo como un tomate, volvió a casa con una sonrisa de oreja a oreja. —¡Metí dos goles, amor! —gritó desde la puerta, antes de siquiera entrar. Lo escuché desde la sala, con Emilia en brazos, dormida. Pero apenas lo vi aparecer, me llegó un olor que me golpeó como una patada de chilena mal hecha. —¡Samuel, por Dios! —le dije entre risas—. ¿Qué te pasó? ¿Jugaste fútbol o te revolcaste con un buey? Él se rio, levantando los brazos como si esperara una ovación. —Esto, querida mía, es el olor de la gloria deportiva. —¡No! Eso es el olor a humanidad descompuesta —respondí, cubriéndome la nariz con una toalla. Mamá apareció con un balde y una cara que no ocultaba nada. —¡Ay, mijo, quítese esos zapatos afuera! Eso no es olor a sudor, eso es un atentado nasal. Mi niña se va a ...