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Bajo el Sol de Sevilla
Fecha: 04/04/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Mentula, Fuente: TodoRelatos
El aire olía a tierra reseca y jazmines cuando aparqué frente a la casa rural. El pueblo estaba muerto a esas horas de la tarde, solo el murmullo de una televisión en algún patio cercano rompía el silencio. La llave chirrió al abrir la puerta, revelando un interior limpio pero impersonal, como esos hoteles que solo existen para ser usados, no vividos. Mi novia había cancelado a última hora. "Trabajo, cielo", decía el mensaje, como si esas dos palabras pudieran compensar un fin de semana perdido. Dejé la maleta en el dormitorio y me asomé a la ventana. Ahí estaba ella. En la casa de enfrente, una mujer regaba las macetas del balcón con movimientos estudiados, haciendo que el vestido blanco se le pegara a las caderas con cada inclinación. Debía tener cincuenta y tantos, pero llevaba la edad como un arma: pelo castaño con reflejos dorados al sol, brazos torneados que delataban horas en el gimnasio, y una forma de mover las manos que hablaba de manicuras caras y anillos de boda que brillaban demasiado. Nuestros ojos se encontraron a través de la calle. Ella alzó ligeramente la regadera en un saludo mudo. Yo respondí con una inclinación de cabeza, sintiendo cómo el calor se me acumulaba en la nuca. La encontré en la única tienda decente del pueblo, examinando botellas de vino como si fueran informes contables. —Debes ser mi nuevo vecino —dijo sin mirarme, pasando un dedo por el cuello de una botella de Rioja—. La casa de los Méndez siempre huele a cerrado cuando ...
... llega alguien nuevo. —Javier —me presenté, notando cómo su mirada evaluadora recorría mi cuerpo con la misma atención que le dedicaba a las etiquetas de los vinos. —Carmen. Mi marido es Luis Molina —dijo cogiendo una botella de Ribera del Duero—. El auditor senior de Cuentas Claras. Hizo énfasis en "senior", como si fuera tanto una advertencia como un desafío. —¿Sabes algo de vinos, Javier? —preguntó acercándose lo justo para que su perfume —jazmín y algo más caro, como azahar— me llegara entre el olor a jamón y queso del local. —Sé distinguir cuando algo es de calidad —respondí, sosteniendo su mirada. Su sonrisa fue lenta, calculada, la de una mujer que sabía exactamente el valor de cada palabra. Esa noche, mientras cenaba solo en el patio con un libro que no lograba concentrarme en leer, sonó mi teléfono. Un número desconocido. —Luis tiene que quedarse en Málaga hasta mañana —dijo la voz de Carmen al otro lado—. Alguno de sus clientes importantes decidió revisar cuentas un viernes por la noche. El mensaje era tan claro como las facturas que su marido auditaba. La casa olía a limpieza profesional y a velas caras. Todo estaba en su sitio: los cojines simétricos en el sofá, las fotos familiares en orden cronológico en la repisa, la calculadora financiera al lado del ordenador portátil en el escritorio. —Es obsesivo con el orden —dijo Carmen sirviendo dos copas de ese Ribera que había comprado—. Puede decirte cuántos céntimos gastamos en luz el ...