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El Poema Nos Expuso
Fecha: 07/04/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... Pero también me hace existir.” —No me necesitas —dice—. Y eso me enloquece. Pero si decides quedarte, voy a seguir pidiéndote que te arrodilles. Y entonces la besa. No un beso suave. No uno tímido. Un beso que arrasa. Que retoma todo lo no dicho. Que une todas las partes de Valeria: la obediente, la enamorada, la furiosa, la rota. Ella se entrega al beso con una mezcla de alivio y vértigo. No sabe si está cayendo o si la están sosteniendo. Autos pasan. Luces cambian. Una señora los mira desde un balcón. Nada importa. Cuando se separan, aún con los rostros cerca, Valeria cierra los ojos y susurra: —Soy tuya. Elías apoya la frente en la de ella. —Eres mía. Eres mi putita Epílogo — “Como Si Ya No Hubiera Nada Que Ocultar” Valeria cruza el café con pasos seguros. Lleva una falda ajustada y una camisa blanca impecable, los labios pintados del mismo rojo con el que esa mañana manchó la verga de Elías. Ahora nadie la cuestiona. Todos la admiran. La temen un poco. Le abren paso sin saber por qué. Se sienta frente a Elías, que ya la espera con su cuaderno abierto y el café humeante. No hay saludo. No lo necesitan. Él la observa un segundo. Luego vuelve a escribir. Ella no pregunta qué. Ya sabe. —¿Llevo ropa interior? —pregunta con una sonrisa apenas ...
... insinuada. Elías levanta la mirada. No responde. Solo le pasa un papel doblado en dos. Ella lo abre. Un poema nuevo. Aún fresco. Lo lee en silencio mientras cruza una pierna sobre la otra con teatral lentitud. En una línea, su cuerpo es descrito con precisión quirúrgica. En otra, su sumisión es una metáfora de arquitectura: obediente como un puente colgante, tensa y hermosa. Cuando termina, no dice nada. Solo lo mira. Y asiente. —Esta noche —dice él—. A las diez. —Sí, amo —responde ella sin bajar la voz. Una pareja en la mesa vecina levanta la vista. Un camarero pestañea. Nadie dice nada. Valeria saca un lápiz labial y se retoca. Luego lo deja sobre la mesa. Se levanta. —Me voy a caminar. Me gusta saber que me miras mientras lo hago —dice—. Me hace sentir viva. Él no se despide. Solo anota una línea más en el cuaderno mientras ella se aleja. Cuando cruza la puerta del café, el sol le pega en la cara. Camina erguida. Liviana. Sin vergüenza. Ya no es la mujer que se debatía entre orgullo y entrega. Es la que eligió. La que pertenece. La que obedece sin miedo. La que se excita al saberse propiedad de alguien que la mira cómo se mira una llama. Y esa calma —esa belleza sin pudor— es, quizás, la forma más elegante de violencia que ha conocido.