1. Un viaje para olvidar II Noche


    Fecha: 12/04/2026, Categorías: Gays Autor: Thiago Luis da Silva, Fuente: TodoRelatos

    Un viaje para olvidar II Noche
    
    Habíamos traído ropa para un mes, pero en un acuerdo tácito, decidimos que no íbamos a necesitarla. La cabaña era nuestro refugio, y aquí, desnudos, éramos más nosotros mismos que nunca. Entramos a la cocina, el suelo de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. La luz de una lámpara vieja bañaba la estancia en un tono cálido, y el olor a pino y humedad llenaba el aire. Me puse a preparar una ensalada, algo sencillo para la cena. En un cuenco de madera, eché lechuga fresca, tomates cortados en trozos, unas lonchas de jamón york y un puñado de maíz. Estaba frente al mueble de la cocina, con dos botellas de aliño en la mano —aceite con vinagre o una crema de mostaza—, dudando cuál usar, cuando sentí a Alex detrás de mí.
    
    No dijo nada, pero su presencia era como un imán. Giré la cabeza y lo vi mirándome, con esos ojos suyos que siempre parecían saber más de lo que decían. Sin previo aviso, se arrodilló detrás de mí, sus manos fuertes separaron mis nalgas, y sentí su lengua en mi ojete, cálida y decidida. Joder, el mundo se detuvo. Las botellas de aliño cayeron al mueble con un golpe seco, y me apoyé contra la encimera, dejando que mi cuerpo se rindiera a él. Cada lamida era precisa, intensa, como si Alex quisiera devorarme entero. Gemí, bajo al principio, pero luego más fuerte, sin importarme que el eco resonara en la cabaña vacía.
    
    De pronto, Alex se puso en pie. Sentí su polla, dura y caliente, rozando mi ojete antes de que la ...
    ... empujara dentro con una intensidad animal. No hubo suavidad, solo pura necesidad. Me folló contra el mueble, cada embestida sacudiéndome el cuerpo, haciendo que la madera crujiera bajo mis manos. Mi polla estaba a punto de estallar, y Alex lo sabía. Justo cuando sentí que iba a correrme, me apartó del mueble, sin sacarme su verga, y con una mano ágil agarró el cuenco de la ensalada. Me miró, con una sonrisa canalla, y gruñó:
    
    —Este es el aliño que quiero.
    
    No pude contenerme. Me corrí con un gemido gutural, descargando todo en el cuenco, mi lefa mezclándose con la lechuga y el maíz. Alex no se quedó atrás. —Joder, ahora yo —dijo, y seguí su ritmo. Me aparté, dejando que su polla saliera de mi ojete, y lo giré para que añadiera su lefazo al cuenco. Su semen cayó espeso, mezclándose con el mío. Sin perder el ritmo, eché un chorro de aceite de oliva, un puñado de queso parmesano rallado y una pizca de sal. Lo revolví todo con una cuchara, como si fuera lo más normal del mundo.
    
    Nos dirigimos al comedor, desnudos, con el cuenco en la mesa. Nos sentamos uno frente al otro, y mientras comíamos la ensalada, con el sabor de nuestras esencias mezclado con el aceite y el queso, charlábamos como si nada. Hablábamos de tonterías, reíamos, nos tocábamos las manos por encima de la mesa, y de vez en cuando nos lanzábamos miradas cargadas de picardía, como si estuviéramos planeando la próxima ronda. La cabaña estaba en silencio, salvo por nuestras risas y el crujir ocasional de la madera ...
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