1. Me enseñó un sexo que desconocía (1)


    Fecha: 13/04/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Montes Federico, Fuente: CuentoRelatos

    ... firmemente. “Esto sigue por unos diez kilómetros, pero si querés te indico a la mitad un corte que te permite hacer un circuito de cinco kilómetros”.
    
    -“No, gracias. Yo acostumbro a hacer unos diez, de modo que me va perfecto”.
    
    -“Vamos entonces”, le dije, pensando en que a mitad del camino lo iba a ver aflojar. Pero la cuestión es que, con una evidente experiencia en manejar la respiración y regular el ritmo, hicimos los diez kilómetros sin hablar (salvo los escasos comentarios míos sobre el lugar o dos preguntas suyas sobre cosas que cruzamos). Cuando llegamos, yo me veía más agitada que él.
    
    -“Tenés un excelente estado atlético”, me dijo.
    
    -“Perdona, pero ese comentario me corresponde. No te enojes pero de mi es esperable. Lo notable es que vos hayas hecho los 10 kilómetros y estés tan fresco. Digo, por la edad”, respondí medio amoscada y pensando que se estaba dando mérito.
    
    -“Ja, ja , ja. Es cierto. Lo que pasa es que hice deporte toda mi vida y sigo haciendo pilates y remo, lo que me mantiene en estado. Y, te pido perdón, pero te asocié a los jóvenes que conozco incluso de mi familia, que no se dedican tanto al ejercicio. Es fantástico verte tan en forma”.
    
    -“Ricardo, ¿cómo no voy a estar en forma? tengo 19 años pero vos, si no te importa ni te molesta, ¿no andás por los 50?”.
    
    -“Gracias por el piropo Irina, pero tengo 64 años”.
    
    -“¡¡Guauuu!! No te daba ni de cerca. Se ve que tu mujer te cuida”.
    
    -“No, me cuido yo. Vivo solo, con un gato que come en ...
    ... casa, a veces duerme en ella y en general anda de correrías por ahí”.
    
    Nos saludamos y cada uno se fue a su casa. Me quedé impresionada por Ricardo, su estado atlético, su presencia magnética y a la vez sencilla y distendida, la seguridad que demostraba. Lástima la edad, pensé, pero eso no evitó algunos ratoncitos con el jovato. Una semana después me enteré que había invitado a mi familia a comer para conocernos.
    
    Me probé varias pilchas mientras me decía que no sea boluda y me ponga cualquier cosa, que solo era una comida con mi vecino sesentón. Pero la cuestión es que fui con un vestido suelto, corto, suficientemente escotado, unas chatitas listas para sacármelas y andar descalza y llevando debajo una bikini por si terminábamos en la pileta. El calor invitaba.
    
    Me encantó la casa, adornada con un estilo sobrio y austero, pero a la vez con combinaciones de color y formas muy logradas. La comida (que había hecho él con sus propias manitos) era una delicia y la charla terminó mostrando a un hombre versado y culto. Resulta que había sido profesor de filosofía y había escrito varios libros. No solo me dio permiso, sino que me alentó a que pasee libremente por la casa y todo lo que veía me encantaba.
    
    Pero lo que me impactó fue que (incapaz de contener la curiosidad), me metí en su vestidor, le abrí dos o tres cajones y al abrir una puerta como de un placard, encontré una pared con látigos, vibradores, pulpitos, dildos, cremas, esposas, y otros juguetes que ni conocía. Me ...