1. La Luz atrapada en una bombilla


    Fecha: 15/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Porthos, Fuente: TodoRelatos

    ... vibrando a su vaivén con una cadencia que se la pondría dura al mismo San Pedro. La transpiración de su piel—en sintonía con la iluminación del local—, remarcaba sus definidos músculos del abdomen, de sus tonificados brazos, de los insultantes límites de sus caderas que afloraban por encima de la apretada cintura de su breve falda de piel y de vuelo corto. El musculitos babeaba, él, agriaba las bebidas que sostenía con un cóctel de emociones escapándose a su control.
    
    Sin pretenderlo, o, en el momento justo, ella se contoneó hasta el baboso, cogiéndolo de la mano y obligándole a que le diera una vuelta sobre su cuerpo; muy pegados. Tal vez, demasiado. Sin soltarlo, lo guió hacia uno de los rincones del antro, donde el dueño guardaba las cajas con los venenos que allí se servían, y que estaba cubierto por una cortinilla de motivos mexicas.
    
    Los cactus, las águilas y las katrinas, velaron la vista del tipo que apretaba los tragos entre sus manos como si quisiera hacerlos reventar. «Qué coño pretende», pensó, antes de escuchar el primer gemido de ella atravesar la cortina de paño.
    
    —Qué te jodan, hija de puta— murmuró él, apurando las copas de sendos vasos.
    
    Iba a darse la vuelta para abandonar el local, cuando un grito de ella, diferente, de otro color y tonalidad, llegó hasta él.
    
    Sin pensárselo más, se dirigió al reservado, descorrió la cortina y se encontró al musculitos encima de ella, desgarrándole el top de de rejilla y llamándola «zorra».
    
    Él, no tuvo tiempo ...
    ... de analizar. No podía. No quería. La sangre le estaba hirviendo desde hacia rato, y que mejor que pagarlo con alguien; aunque fuera… «eso». No era listo, pero tampoco era tan tonto como para saber que lo estaba utilizando. ¿Para qué? Eso solo los hados lo sabrían. Esos hados que le insinuaban, tan asépticamente como suelen hacerlo, que se alejara de ella. Que no le traería más que problemas.
    
    En el momento que el musculitos le arrancaba las bragas de un tirón seco y se escupía en la mano que no tenía ocupada sosteniendo uno de sus muslos, se decidió a intervenir. Qué le dieran por culo a los dioses y los hados. Por él, se podían ir al infierno; y con ellos, él. Pero no iba a dejarlo pasar. Hoy no.
    
    Se desembarazó de los vasos vacios con decisión. Dejó que su chupa resbalara por sus hombros y se precipitó sobre aquel monstruo de dos cabezas que, incipiente—y, sin claro consentimiento—, se unían. El primer golpe sonó a chapoteo en el agua. El segundo, antes de que el musculitos pudiera reaccionar, a cáscara de nuez quebrada.
    
    Ella lo vio desde la distancia, recostada sobre la mesa donde el tipo marcado la había empujado para desgarrarle la malla. Dos formas hacían papiroflexia a contra luz.
    
    Una suerte de teatro Kabuki se desarrollaba delante de sus ojos, abiertos de par en par, y con una suerte de brillo triunfalista en ellos. No se había equivocado.
    
    Las sombras acometieron una completa actuación que parecía orquestada para ella. Como si de una coreografía diseñada ...