1. Clara y el fotógrafo


    Fecha: 16/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: ilustrado, Fuente: TodoRelatos

    El reloj de la cocina marcaba las 7:35 cuando Clara dejó la taza en el fregadero. El sonido hueco resonó en el silencio de la casa. Julián estaba en el salón, atándose los cordones para ir al trabajo, con la calma de quien no espera nada nuevo del día. Afuera, el sol caía sobre el césped húmedo del jardín.
    
    Clara tenía cuarenta y dos años y, aunque nunca se lo admitía a sí misma, siempre fue motivo de miradas furtivas y objeto de deseo de la mayoría de hombres que se cruzaban en su camino. Su cabello castaño con reflejos cobrizos caía en ondas suaves hasta rozar los hombros, moviéndose con cada paso como si tuviera vida propia. Sus ojos verdes brillaban con intensidad, cargados de emoción e ingenuidad, y las largas pestañas dibujaban sombras delicadas sobre sus mejillas. Sus labios, carnosos y definidos, le daban una apariencia sensual sin proponérselo. Su figura, de 1,68 m, mostraba curvas generosas: caderas redondeadas, muslos firmes, con algunos kilos de más que acentuaban su voluptuosidad. Los pechos, exageradamente grandes y algo caídos por el peso y la edad, le añadían a su silueta un aire de humanidad y realismo que los hacía aún más deseables.
    
    Clara nunca pretendió resaltar su físico; más bien lo contrario. Desde joven había intentado esconderse en vano bajo prendas amplias y discretas. Pero, aun así, notaba las miradas… siempre.
    
    En su juventud, la ingenuidad de Clara la convirtió en presa fácil de todo tipo de chicos que, deseosos de probar sus ...
    ... voluptuosas carnes, la habían engañado y luego usado a su antojo. Fue una época de confusión para ella con mucho alcohol y coqueteos con las drogas, que felizmente había dejado atrás y guardado en un rincón de su memoria. Ahora, con los años, intentaba cubrir esos recuerdos de su vida pasada con la misma tela gruesa con la que tapaba sus hombros: como si ocultarlos bastara para borrarlos.
    
    En la actualidad, de una forma distinta, pero a su vez igual, seguía despertando ese deseo en los hombres en todo tipo de situaciones cotidianas. En el supermercado, el carnicero la atendía con una sonrisa un poco más amplia que al resto. El vecino jubilado del chalé contiguo siempre se ofrecía a “ayudarla” con cualquier tarea del jardín. Incluso algunos amigos de Sergio, su hijo de dieciséis años, la observaban con esa mezcla de atrevimiento juvenil y descaro que a ella la incomodaba y la sonrojaba.
    
    Julián lo veía. Nunca decía nada, pero lo veía. Y cada vez que un hombre giraba la cabeza para seguirla con la mirada, una punzada de celos le atravesaba el pecho. No eran celos agresivos. Más bien un cosquilleo amargo, mezclado con una extraña fascinación que él no sabía explicar.
    
    La relación entre Clara y Julián había entrado en una rutina tan meticulosa que ambos podían adivinar los gestos del otro antes de que sucedieran. Ella, ocupada con la casa y pequeñas tareas. Él, volcado en un trabajo gris, sin retos ni emociones. El deseo que un día los había unido se había diluido en compromisos y ...
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