1. El poder y el cielo


    Fecha: 18/04/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: LIDIA, Fuente: TodoRelatos

    El comedor olía a guiso de ternera, especias dulces y un leve perfume a flores marchitas que llegaba desde el jarrón del aparador. Carmen sostenía la cuchara con delicadeza, casi temblorosa, mientras sus ojos huían del rostro de su marido. Antonio, con su porte impecable, el cabello gris planchado hacia atrás y la mirada helada, la observaba en un silencio que la oprimía como un dogal.
    
    —Mañana… —se atrevió a decir Carmen, apartando un mechón de su flequillo rubio—, mañana veré a Soraya. Después de misa.
    
    Antonio ladeó apenas la cabeza, sin interrumpir su manera metódica de masticar. Tragó, y entonces sus labios se curvaron apenas, en un gesto duro. —¿Para qué? —preguntó con una calma inquietante.
    
    Carmen respiró hondo. —Para… para hablarle. Intentar que… que vuelva, Antonio.
    
    Él dejó la cuchara sobre el plato con suavidad matemática, y su sonrisa fue apenas un destello cruel. —Eso no va a ser posible —respondió—. Pero inténtalo, si quieres.
    
    No añadió nada más. El comedor quedó envuelto en un silencio glacial, apenas roto por el tic-tac del reloj de pared. Carmen forzó un bocado más, luchando por tragar, mientras Antonio se recostaba ligeramente, contemplándola con la misma indiferencia con la que evaluaría un objeto doméstico.
    
    Tras recoger la mesa y fregar con pulcritud cada plato, Carmen se secó las manos con un paño blanco y lo colgó en su sitio. Antonio no había salido del salón; seguía hojeando unos papeles, en un mutismo inquietante. Al cabo de casi una ...
    ... hora, su voz retumbó desde el despacho: —¿Has acabado con tus deberes?
    
    —Sí, Antonio —respondió ella al momento, con la voz dócil.
    
    —Acércate.
    
    Carmen entró despacio, ajustándose el sencillo vestido gris sobre su figura aún mantenida gracias a las operaciones estéticas, aunque su carne empezaba a mostrar los surcos de la edad. Bajo la tela, iba desnuda. Sin ropa interior, como él le había ordenado.
    
    Antonio la miró con gesto evaluador. Le hizo una seña, ordenándole acercarse más. Carmen obedeció, conteniendo la respiración. Él deslizó la mano bajo el dobladillo del vestido, rozándole los muslos con frialdad, hasta encontrar el vello púbico suave. Sus dedos la exploraron con calma, apartando los labios íntimos, empapándolos de su humedad con gesto minucioso.
    
    —En qué has estado pensando esta mañana —inquirió Antonio, sin apartar la mirada de sus ojos turbios.
    
    Carmen tragó saliva, la vergüenza trepándole por el cuello. —En nada, Antonio… solo… en mis tareas… en ser una esposa ejemplar.
    
    Él arqueó una ceja, y sin decir palabra, llevó dos de sus dedos, impregnados de su jugos, a la nariz. Aspiró con lentitud, como quien olfatea carne podrida.
    
    —Mientes —dictaminó con un susurro cortante—. Hueles a ramera.
    
    Carmen agachó la cabeza, incapaz de sostener su mirada. —No… por favor…
    
    Antonio la obligó a arrodillarse con un simple gesto de la mano, sin elevar la voz. Ella obedeció, hundiéndose de rodillas sobre la alfombra del despacho.
    
    —Dime lo que has hecho ...
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