1. El poder y el cielo


    Fecha: 18/04/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: LIDIA, Fuente: TodoRelatos

    ... —ordenó él, cada sílaba fría como el filo de un cuchillo.
    
    —No… puedo decirlo… —sollozó Carmen, las lágrimas asomando ya a sus pestañas—. Me da asco… asco de mí misma…
    
    Antonio la abofeteó con un golpe seco, no brutal, pero suficiente para cortarle la respiración. Ella se estremeció, temblorosa.
    
    —Habla.
    
    Carmen gimió. —Estaba… en el excusado… y al limpiarme… algo me invadió… pensamientos sucios…
    
    —¿Qué pensamientos? —inquirió Antonio, con una serenidad inhumana.
    
    —No puedo… —murmuró, con la voz rota— no puedo decirlo…
    
    Antonio se irguió, con gesto lento, amenazando con desabrocharse el cinturón de cuero. —¿Quieres que lo use?
    
    Carmen se inclinó aún más, postrada, con la mejilla pegada al suelo. —No, Antonio… por favor… el cinturón no…
    
    Él la empujó con rudeza para que quedara tumbada boca abajo, alzándole el vestido hasta la espalda, dejando expuestas las nalgas pálidas y temblorosas. Le propinó tres azotes, ni demasiado fuertes ni demasiado leves, lo suficiente para marcar su autoridad. Después se acuclilló a su lado y volvió a acariciar su sexo, notando la humedad.
    
    —Eres… eres la perdición absoluta —murmuró con un desprecio gélido—. Ni siquiera los castigos apagan la obscenidad que llevas dentro.
    
    Carmen se ahogó en su llanto. —Lo siento… soy… soy sucia…
    
    —Dímelo —exigió él—. Con todas las letras.
    
    Ella tragó saliva, la garganta seca como papel. —Pensé en… en Pedro —balbuceó—. En… nuestro hijo Pedro…
    
    Antonio se quedó un instante en silencio, ...
    ... con la respiración contenida. Después sonrió apenas, con un brillo terrible en la mirada.
    
    —Eres peor de lo que nunca imaginé —susurró.
    
    Carmen, rota, siguió llorando contra la alfombra, mientras sentía los dedos de Antonio volver a explorarla, ahora con más lentitud, casi con un retorcido afecto dominador. En el fondo, supo que aquella confesión no haría sino encender más el fuego negro que reinaba en aquella casa.
    
    Carmen alzó la vista con las mejillas enrojecidas, un hilo de lágrimas resbalándole desde los ojos azules. La respiración entrecortada, apenas pudo articular palabra:
    
    —Pensaba… —balbuceó— pensaba en… que me apagara el fuego que me consume…
    
    Antonio soltó una risita breve, áspera, llena de desprecio. Se dio la vuelta, abrió con parsimonia el cajón derecho de su escritorio —un mueble oscuro, macizo, donde guardaba las herramientas de su dominio— y sacó de su interior un arnés de cuero negro, del que pendía un falo artificial grotescamente grande, pulido y frío. Carmen contuvo un suspiro tembloroso al verlo.
    
    Antonio lo sostuvo un momento en la mano, admirándolo, relamiéndose con un gesto casi obsceno. Bajo el pantalón bien planchado, su miembro ya no respondía, marchito, incapaz de alzarse desde hacía años. Aun así, la dureza y el poder que proyectaba con aquel arnés le devolvían la sensación de mando absoluto.
    
    —Esto, Carmen, fue bendecido para purificar tu vientre de ramera. Cada vez que penetre en ti, recuerda que es la mano de Dios la que quiere ...