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El círculo. Cap.29. La entrevista
Fecha: 26/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
... sintió amada. Y, sobre todo, se sintió poderosa. Y ahí, en el roce suave de sus dedos, Helena entendió la ternura como un idioma distinto: uno que Lorenzo jamás había aprendido, porque siempre había amado para mostrar, no para sostener. —Estoy contigo —susurró, con voz rota pero firme—. No importa qué venga. Yo ya elegí. Damián la besó en la frente. Sus ojos brillaron. No solo por ternura. También por la certeza de haber conquistado a la sacerdotisa caída. Y Helena, aún con las marcas en la piel, comprendió que esta vez no se había rendido. Había renacido. —¿Sabes lo que acabas de hacer conmigo? —preguntó ella, con la voz ronca. —No. —Me devolviste el centro. —Nunca lo perdiste. Solo lo olvidaste. Helena lo miró desde arriba. Estaba despeinada. Con marcas en el cuello. Y una calma que no conocía. —Valeria... está ocupando un lugar que no le pertenece. —Lo sé. —Lorenzo... no ve más allá de su deseo. —Lorenzo ya está muriendo, Helena. Solo no se ha enterado. Ella lo miró fijamente. Y comprendió algo. No era una metáfora. No del todo. —¿Y yo? —Tú... estás renaciendo. —¿Para qué? —Para lo que viene. Helena bajó la mirada. Y con voz baja, casi en oración, dijo: —Dime qué hacer, Damián. Estoy lista. Él se levantó. Se inclinó. La besó en la frente. —Te prometo una refundación. No una venganza. No un ajuste de cuentas. Un nuevo orden. Ella cerró los ojos. Y en ese instante, dejó de ser Helena la esposa, la ex ...
... sacerdotisa, la sombra. Y se convirtió en fuego dormido. Un fuego dispuesto a encenderse, por él. Solo por él. __ El auto de Damián avanzaba por Tlalpan como un animal gris que no quería despertar a la ciudad. La noche era tibia, húmeda, cargada de ese silencio extraño que a veces deja la lluvia en las banquetas después de escurrirse. Adentro del coche, las luces del tablero dibujaban sombras suaves en los rostros, y el aire olía a perfume de hombre, cuero, y algo más difícil de nombrar. Helena iba en el asiento del copiloto. Sin maquillaje ya. Sin la armadura del vestido dorado, ahora envuelta en una camisa de Damián, grande, blanca, abierta en los muslos. Sus piernas largas cruzadas, aún marcadas por las huellas de un deseo feroz. Él conducía con una mano, y con la otra acariciaba su muslo, lento, distraído. Como si lo suyo no fuera ternura, sino derecho adquirido. Ella no hablaba. Tenía la cabeza recargada en el asiento, los ojos entrecerrados, los labios apenas húmedos. De vez en cuando lo miraba. Luego miraba la ciudad. Los puestos cerrados. Los taxis que volvían a casa. Las luces rojas parpadeando en los edificios más altos. Había algo dentro de ella que no sabía si era paz o una caída libre. Pero lo dejaba estar. La radio seguía encendida, bajita. Un programa nocturno de análisis político. El tipo que hablaba tenía voz rasposa, de cigarro y sarcasmo. —…la contienda por el escaño se ha vuelto impredecible. Hasta hace dos semanas, César Serrano tenía ...