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Diario de Lucy
Fecha: 02/05/2026, Categorías: Hetero Autor: Lucie Velle, Fuente: CuentoRelatos
Me miro y sé lo que soy. Mi piel tostada es mi primera arma, ese lienzo cálido que parece guardar el sol incluso de noche. Sé cómo se siente cuando alguien lo recorre, sé cómo tiemblan las manos que lo tocan por primera vez. Mis pechos son firmes, redondos, de esos que no necesitan sujetadores para imponerse, y bajo la tela de un vestido son capaces de distraer hasta al más concentrado. Mi cintura es pequeña, y cada vez que me muevo se marca como si bailara, como si mi cuerpo entero estuviera hecho para provocar. Mis piernas son un vicio en sí mismas. Parecen no terminar nunca, y cada cruce, cada giro, cada paso con tacones es una invitación. Las medias las hacen aún más peligrosas: la tela acaricia mi piel, pero lo que en verdad excita es imaginar dónde terminan, qué esconden justo arriba del borde. Mis labios son mi condena y mi privilegio. Carnosos, rojos, húmedos, de esos que se miran y se desean besar sin pedir permiso. Pero lo que más he aprendido es que también son labios que invitan a otra cosa, que hacen imaginar la sensación de tenerlos rodeándote, tragándote, haciéndote perder la cabeza. Y mi mirada… Oscura, magnética, capaz de sostener la tuya hasta que te olvides de quién eres. A veces me basta con levantarla desde abajo, de rodillas, para ver cómo la voluntad del otro se rompe sin que yo haya hecho nada más que mirar. Esa mirada es la llave que me convierte en dueña de todo. Esa noche, cuando entré al bar del hotel, sabía que iba a usar cada una de ...
... esas armas. No porque lo hubiera planeado, sino porque mi cuerpo ya había decidido antes que mi mente. Entré con mi vestido negro, ligero, de tirantes finos, que se pegaba lo justo a mis curvas para dejar claro qué escondía y qué ofrecía. Mis tacones marcaban un ritmo lento sobre el suelo, y cada paso me recordaba el roce de las medias subiendo por mis muslos, tensando aún más la humedad que ya empezaba a crecer en mi entrepierna. Lo vi sentado en la barra. Juan. Copa en mano, mirada fija. No se movió, no dijo nada, pero su forma de mirarme me atravesó como un cuchillo caliente. Yo sentí, en ese instante, que estaba completamente desnuda, como si ese vestido no existiera. Y no me incomodó. Al contrario, me encendió. Me acerqué despacio, dejándole ver cómo mis caderas se balanceaban con cada paso. Podía sentir su atención recorriendo cada centímetro de mí. Cuando llegué, sus ojos ya estaban clavados en mis labios, y me senté frente a él como si no hubiera nadie más en aquel lugar. La música sonaba, la gente hablaba, los camareros iban y venían, pero todo desapareció. Solo quedábamos él y yo. Tomé mi copa de vino y lo miré directamente. Bebí un sorbo lento, dejando que mis labios se humedecieran, sabiendo perfectamente lo que hacía. Y su respiración cambió. Lo vi. Lo sentí. —¿Me estabas esperando? —le pregunté con un tono que era mitad inocencia, mitad provocación. No respondió de inmediato. Solo me sostuvo la mirada. Y ese silencio, esa calma suya, me encendía ...