1. De monja a putita


    Fecha: 09/05/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Montes Federico, Fuente: CuentoRelatos

    Laura era parte de la barra de nuestro club, en La Plata, un grupo de gente de varias actividades deportivas que nos juntábamos en la pileta a escuchar música, jugar a las cartas o charlar. Una piba de unos 30 años o más, apocada, callada, retraída, pero que tenía algo que me atraía. Le sospechaba que atrás de toda esa timidez, se escondía otra mujer.
    
    Pero, debo aclarar, que no me maté por descubrirlo y fue así como pasamos cuatro años de veranos de pileta y juegos sin que ni se me cruzara decirle algo o invitarla a salir. Y eso que, cuando quedaba en malla para zambullirnos, mostraba un cuerpito más que deseable. Nada de grandes pechos (que no me atraen) pero si flaquita, bien torneada y con una colita para comérsela. Pero su mutismo y cortedad no me impulsaban a nada.
    
    Una noche que estaba en un boliche del centro tomando unos tragos, la vi sentada en una mesa, sola, tomando un trago.
    
    -“¿Qué tal Laura? ¿estás sola?”.
    
    -“No, pero todos salieron a despedir a Silvia”, me dijo con un dejo de bronca. “Andá si querés”.
    
    Miré hacia afuera y ahí estaba Silvia con todos rondándola como era costumbre. Todos los hombres se le pegaban como moscas a la miel. A mí su cuerpo exuberante, su forma de trato y su manera de ser no me atraían en lo absoluto, pero no podía dejar de reconocer que era una potra en un buen envase, ya que gastaba pilchas de alto nivel.
    
    -“Prefiero quedarme con vos“, le dije con total franqueza.
    
    -“Dale, no me tengas lástima, si todos andan atrás de ...
    ... ella”.
    
    -“Pero, si yo tengo que elegir, me quedo con vos”, le dije mientras me miraba asombrada.
    
    Y nos quedamos charlando hasta que los mozos nos vinieron a echar. Se nos había pasado la hora sin darnos cuenta. Le ofrecí llevarla hasta la casa, cuando llegamos paré el coche y le dije que lo había pasado genial. Ella me dijo que también e hizo ademán de bajarse.
    
    -“Esperá Laura, ¿te vas así?”.
    
    -“¿Así como?”, preguntó sorprendida.
    
    -“Sin besarme”, le dije mientras traía su cabeza y le daba un suave beso. Ella me miraba con los ojos abiertos, sorprendida. “Quiero volver a verte ¿querés?”.
    
    -“Si Rafael, claro que quiero. ¿No me estás jodiendo, no?”.
    
    -Para nada. ¿Te paso a buscar el sábado a las diez?”.
    
    Y así empezamos a salir juntos los fines de semana y a mensajearnos en la semana. Era muy agradable estar con ella. Inteligente, agradable, divertida. Pero… ni bien arrimaba algo hacia el lado del sexo, se cerraba como ostra o se ponía dura, como cuando intentaba, por ejemplo, acariciarle un pecho. Parecía tenerle terror al sexo, era una monja sin convento ni hábitos, pero con todo el horror al pecado. Estuve varias veces a punto de mandarla al diablo, pero había algo en ella que me atraía, me gustaba y aún más, me calentaba.
    
    Un día vino a comer a casa y todo fue bárbaro hasta que terminamos el postre y empezamos a besarnos. Yo le acaricié la pierna y pasé mis manos cerca de su entrepierna y ella me dijo algo como “está bien, ya sé lo que querés”, se levantó ...
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