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Incesto y perversión (10) padre/hija
Fecha: 13/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos
... presencia silenciosa que le dejaba un vacío horrible en el pecho. Se sintió otra vez un adolescente. Ese chico desgarbado que había sido durante muchos años, antes de empezar a tomar vitaminas e ir al gimnasio. Inseguro como el chiquillo que había sido en la secundaria. Había algo que no entendía, y eso lo volvía loco. La sola posibilidad de que ella le estuviera retirando esa mirada lo dejó quieto, como clavado al sillón, con el vaso de whisky inmóvil en la mano, el hielo derretido y el alma agrietada. Justo cuando el cuerpo de Lulú se perdía escalera arriba, con ese andar lento que parecía pensado para atormentar, Mauricio sintió cómo algo dentro de él se quebraba. No podía más. La tensión acumulada, el silencio punzante, esa mezcla de deseo, culpa y desconcierto... todo se le agolpó de golpe en el pecho. La llamó. —Lulú... Ella se detuvo. Hubo una pausa de segundos donde él creyó escuchar una risita apagada, un eco malicioso que apenas flotó en el aire. Pero cuando Lulú se dio vuelta y lo miró desde lo alto de los primeros escalones, su rostro no mostraba diversión. Estaba seria, fría, lejana. Mauricio la miró en silencio mientras ella volvía sobre sus pasos, bajando de nuevo las escaleras con esa media desnudez arrolladora. La musculosa blanca le marcaba los senos en cada paso, y la tanga negra, tensa, no dejaba margen para la imaginación. Venía hacia él como una aparición compuesta de carne, rabia y belleza desquiciante. Le costaba creer que ese ...
... manjar que ahora se acercaba con paso firme y la mirada dura fuera el mismo que, hacía no tanto, se entregaba a él en plena calle. ¿Qué había cambiado? ¿Por qué ese aire extraño, casi cruel? —¿Pasa algo? —le preguntó cuando ella se detuvo frente al sillón, a apenas un metro de distancia. —No. ¿Por qué? —respondió ella, con un tono seco. —No sé... estás rara. Estás seria. No sos así. —Estoy cansada. Estrés por los exámenes —dijo, con un encogimiento de hombros, como si le resultara molesto tener que dar explicaciones. Mauricio la miró fijo, como si buscara señales entre líneas, como si esperara que ese muro de indiferencia se resquebrajara. —No es solo eso. Siempre estás... no sé, más alegre. —¿Qué más querés que te diga? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿Me puedo ir? —No —respondió él, enderezándose en el sillón—. No hasta que me digas qué te pasa. —¿Y si no te lo digo? —susurró con una voz cargada de veneno dulce—. ¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a castigar? ¿Me vas a dar nalgadas? A Mauricio le tembló la respiración. No podía creer lo que escuchaba. ¿De verdad le estaba echando en cara algo que ella misma había provocado, disfrutado e incentivado? La escena era tan absurda como intensa. —Lulú, yo no… —balbuceó. — ¿Qué? —dijo ella—. ¿Otra vez vas a aprovecharte? ¿Me vas a acariciar las piernas con la excusa de que estás viendo que la protuberancia que tengo no es nada grave? No, no... ya sé —agregó, dando un chasquido con los dedos—. Me vas a ...