1. Amor en criptomonedas II


    Fecha: 19/05/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Peter28, Fuente: TodoRelatos

    ... sudadera y, con una mezcla de agilidad y costumbre, se dejaba caer al patio con grama. No era alto. Había aprendido a hacerlo sin ruido, sin marcas, sin miedo.
    
    Alan la esperaba abajo, a veces con una manta, a veces con nada más que sus ojos brillando en la oscuridad. Caminaban hasta la cafetería, donde él trabajaba y entraban por la puerta trasera. También iban el día que la cafetería cerraba, que no era otro que los domingos donde se metían a escondidas, con una copia de la llave que tenía. Una vez dentro encendían una sola lámpara tenue sobre la barra, sacaban tazas y compartían el termo de café que Alan traía de su casa. Ella se acurrucaba en su regazo charlando de todo: del futuro, del miedo a fracasar, de los sueños locos que ambos tenían. El con las criptomonedas que ella escuchaba y lo pinchaba a la vez: no le gustaban los gurús, pero Alan no parecía uno. Se besaban, se acariciaban, pero el lugar no permitía más.
    
    El año pasó entre escapadas, confidencias y madrugadas que se les iban en el sofá de la cafetería, abrazados, medio dormidos, medio alerta. Nunca dormían juntos del todo. Se besaban, se rozaban, pero ella se retiraba a tiempo, regresando por donde había venido, trepando de vuelta como una sombra, antes del amanecer. Hasta que un día no lo hizo.
    
    Aquella noche de julio del 2014 parecía una noche cualquiera. La luna era apenas una astilla sobre el edificio de la residencia, y la brisa tibia agitaba las cortinas del cuarto de Margaret. Alan la esperaba ...
    ... abajo, como siempre, de pie junto al muro, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de ideas que no se atrevía a decir en voz alta. Cuando la vio asomarse, sintió que le faltaba el aire, como si no fuera ya costumbre verla bajar.
    
    Margaret bajó como siempre y caminó con él, hasta afuera. El pasillo estaba en silencio, nadie vigilaba. Una vez afuera trepó por la tubería y le tendió la mano. Alan la siguió, torpe, con el corazón desbocado. Dentro, la habitación estaba en penumbra, con un incienso a medio consumir junto a la ventana.
    
    No hablaron mucho. Se miraron como si se reconocieran por primera vez. Se besaron sin prisa. Se tocaron como si todo el año anterior hubiera sido un ensayo para eso. Margaret, que no era nueva en esas lides, se dejó envolver por la manera en que Alan la acariciaba: sin apuro, sin técnica, con una intensidad casi temblorosa que le hizo cerrar los ojos más de una vez. No era hábil, pero era genuino. Y esa entrega cruda, inexperta, la dejó conmovida.
    
    Alan temblaba, no sólo por el cuerpo, sino por el alma. Era la primera vez para él, y lo supo Margaret sin que él se lo dijera. Después, cuando se quedaron tendidos bajo las mantas, Alan la miró como quien contempla una constelación lejana. Margaret no se burló. Le besó la frente. Lo abrazó. Y cuando Alan, con voz apenas audible, le preguntó si estaba bien, ella solo asintió y dijo:
    
    —Así es como debía ser.
    
    En la segunda vuelta se subió a él moviendo las caderas como una amazona, lo besó ...
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