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La confesión: Mi maestro y yo
Fecha: 31/05/2026, Categorías: Confesiones Autor: Inova, Fuente: CuentoRelatos
... no. Pero también… también sentí algo en mí. No sé cómo decirlo…” Narrador Días después, Massiel aceptó ir a tomar un café. En la cafetería de la esquina, se sentó frente a Víctor. Pidieron dos cafés. Uno se quedó frío. Él hablaba de hospitales, de prácticas clínicas, de la importancia de aprender a “manejar situaciones de estrés”. Massiel se quitó la bata; quedó en su blusa de algodón: un escote leve, nada vulgar, pero suficiente para que Víctor bajara la vista de vez en cuando. Afuera pasaba un camión cada diez minutos. Adentro, solo se escuchaba la cafetera goteando detrás de la barra. Massiel jugaba con la cucharita. La giraba, la soltaba, volvía a mirarlo. Víctor le rozó la mano una vez, fingiendo que tomaba la servilleta. Ella no la apartó. Sintió un leve calor en el pecho, algo que subía como corriente eléctrica. Se dijo que no era nada. Pero dentro, algo empezaba a abrirse. Massiel: “En el café hablamos de todo, amor. De la escuela, de mis turnos, de que quiero trabajar en hospital cuando acabe. Me dijo que ahí uno ve cosas que no enseña ningún libro. Me miró fijo y me dijo que en un hospital no todo es poner inyecciones. Que a veces los pacientes necesitan una enfermera que los relaje; que si un doctor lleva dieciocho horas de guardia, una mano suave puede hacer milagros.” “Yo solo escuchaba, pero dentro de mi cabeza pasaban mil cosas. Pensaba en que debía pararme, pagar mi parte, decir “gracias doctor, hasta mañana”. Pero no me moví. Seguí ...
... escuchando. Seguí imaginando.” “¿Sabes qué hice? Nada. No dije que sí ni que no. Pero un sudor frío se deslizaba en mi espalda, una sensación de nerviosismo… pero no del malo que da miedo. Del bueno, que emociona por alguna razón.” “Me preguntó si sabía cómo “ayudar a un paciente a relajarse”. Yo me reí. Le dije que no le entendía. Me dijo: “Una buena enfermera sabe aliviar tensión. No solo con medicinas.” En mi departamento tengo más libros y material. Sentí que me ardían las orejas. No dije nada. Solo jugué con la taza vacía. Él lo tomó como un sí.” Narrador No hubo más palabras. Víctor pagó la cuenta sin preguntar. Massiel lo siguió hasta la puerta. Mientras caminaba detrás de él hacia el carro, sintió que todos la miraban. Pero nadie la miraba. Solo ella sabía lo que estaba a punto de pasar… o lo que quería creer que no iba a pasar. Subió al carro de Víctor como si fuera a una clase más. Una asesoría privada, dijo él. Massiel miraba por la ventana, el pulso en la garganta, una vocecita que le gritaba “vete”. Pero se quedó. El carro se detuvo. Bajaron y entraron. El departamento olía a loción vieja, café recalentado y sábanas guardadas demasiado tiempo. El doctor se quitó la bata, puso música instrumental, abrió una libreta que no tocaron. Habló de exámenes, de prácticas, de técnicas de relajación. Massiel, sentada en la silla, a la mesa. Víctor, parado detrás de ella. Las manos casi rozándole los hombros cuando señalaba algo en la hoja. El aire cada ...