1. Noches con él


    Fecha: 01/06/2026, Categorías: Hetero Intercambios Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    Tras esquivar la muerte, Juliana dejó de escribir sobre lo que imaginaba y empezó a escribir sobre lo que dolía. El trayecto desde Venezuela había sido largo, lleno de pausas forzadas, vigilias sin luz, y una noche espesa en la que creyó que no llegaría más lejos. Pero llegó. A un edificio frío de Bogotá, donde el tiempo parecía suspendido y los sueños dormían detrás de puertas cerradas. Ni Juliana ni él planearon nada de lo que sucedió después. Fue todo improvisado, casi accidental. Es más, si alguien de su entorno —alguno de los pocos con quienes compartían silencios o rutinas— hubiera mencionado siquiera la posibilidad de lo que vendría, lo habrían negado sin dudar. Porque lo que ocurrió entre ellos no era algo que se dijera en voz alta. Era de esas cosas que, si se nombran demasiado pronto, se rompen.
    
    —No sé… todavía soy de la idea de que estaría más seguro en el auto —dijo Juan, con la mirada clavada en el retrovisor empañado.
    
    Juliana soltó una risa breve, sin humor, mientras se ajustaba la capucha.
    
    —Allá afuera tampoco es que alguien esté esperándonos con chocolate caliente.
    
    El silencio volvió a instalarse entre ellos, denso, como la humedad que se filtraba por las rendijas del vidrio. Juliana no quitaba la vista de la calle, pero no miraba realmente. Pensaba en todo lo que no habían dicho, en lo improbable de su encuentro, en lo que ahora pesaba entre los dos. Lo que habían hecho. Lo que podría pasar si alguien más lo sabía.
    
    —No lo planeamos —murmuró ...
    ... ella, como si necesitara recordárselo.
    
    Juan asintió. Una vez. Lento.
    
    Juliana trató de convencerlo de salir del auto. Le dijo que necesitaba moverse, que no podía respirar bien ahí adentro, que el vidrio empañado y el silencio le estaban apretando el pecho. Pero Juan se mantuvo firme, quieto en su asiento, con los brazos cruzados y la mirada hacia el parabrisas, como si esperara que la neblina dijera algo.
    
    — Solo necesito aire. Espacio —dijo ella, con un leve temblor en la voz.
    
    Juan la miró por fin. Y en vez de bajar la voz o discutir, le ofreció una alternativa.
    
    —Podemos quedarnos, baja la ventana.
    
    Juliana lo miró confundida.
    
    —¿Qué?
    
    —Así te entra aire. Así controlas algo, aunque sea por un rato.
    
    La propuesta la descolocó. No por absurda, sino por lo sencillo del gesto. Por cómo él entendía, a su manera, sin decir demasiado.
    
    Juliana asintió sin palabras. Bajó el vidrio. El motor rugía, no para ir a ningún sitio, era el sonido de algo que marchaba.
    
    Pero Juan casi no tenía amigos. Si acaso, algunas conexiones vagas que mantenía por medio de su computadora. Gente con la que hablaba de vez en cuando, intercambiaba música, ideas, o silencios prolongados. Cuando estaba en casa, encerrado en su habitación entre cables, cuadernos y una guitarra desgastada, cada semana, recibía pagos en su cuenta bancaria. Nadie sabía exactamente qué hacía. Y ahora, ni Juliana se atrevía a preguntar del todo.
    
    No era misterio, era hábito. Juan era de esos que construyen ...
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