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Ayuda entre hermanas (FINAL)
Fecha: 08/06/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
La cena era un velorio. Había cuatro platos en la mesa, y cada uno era una isla. Nadie hablaba. Ni siquiera Diana, que era la reina de las frases inoportunas y los chistes cuando peor venían al caso. Los cubiertos repiqueteaban contra la loza con la insistencia de una gotera: metálico, rítmico, hueco. El aire de la casa era plomo fundido; el silencio, un peso extra. Nadie quería mirar a nadie. Mamá sirvió sopa y la probó sin probarla. Papá miraba el fondo del vaso como si estuviera esperando un milagro o una revelación. Yo, en el extremo opuesto de la mesa, sólo existía de manera flotante: sin ganas, sin hambre, sin cuerpo. Al final, papá fue el que rompió el conjuro: —¿Y entonces qué onda con las sesiones esas que hacías con las niñas? —preguntó, mirando a Bárbara con una atención inusual, como si la pregunta hubiera estado esperando semanas en la antesala de su lengua. Mamá tragó saliva. Ni siquiera pestañeó. —En pausa —dijo, escueta, seca. Papá asintió, como si esa respuesta lo aliviara en vez de preocuparlo más. Diana jugó con el tenedor, girando los guisantes en la sopa como si fueran planetas en un sistema solar donde ella era la diosa regente. No hubo más preguntas. Cuando terminó la cena, mamá se levantó y recogió su plato. La consigna, para nosotras, era clara: lavar, limpiar, guardar, y luego desaparecer del escenario. Bárbara, que nunca delegaba ni una cucharilla a nadie, esta vez soltó la tarea sin protestar y se encerró en su cuarto antes de ...
... que siquiera nosotras termináramos de apilar los cubiertos. Papá se fue a su estudio y no volvió a salir. La cocina quedó en silencio, con un par de ollas tibias, vasos mojados, y el olor a comida fría flotando en el aire como la amenaza de que nada iba a volver a estar bien. Diana lavaba; yo secaba. No cruzamos palabra. —¿Crees que mamá nos odie? —dijo, al final, sin mirarme. —No lo sé. —¿Tienes miedo? —insistió. —No. — Lo cual era curioso. —Te apuesto que papá ni se dio cuenta de nada —musitó Diana, ya de espaldas, remojando un sartén con esmero innecesario—. Es medio tonto para estas cosas. Sonreí. Cuando todo estuvo limpio, apagamos la luz de la cocina y subimos en silencio las escaleras. En el pasillo, la única luz era la que entraba desde mi cuarto, donde la lámpara de noche seguía encendida y el libro de texto abierto en la página de siempre: esa que había releído quince veces sin entender nada. Diana entró detrás de mí, cerró la puerta y se apoyó contra ella. —Es raro estar tan… —buscó la palabra—, tan cachonda después de una cena como esa. No supe si me hablaba a mí o a ella misma. —¿En serio? —pregunté. —¿No lo sientes? —insistió, avanzando dos pasos y parándose junto a mi cama. Sus ojos estaban afilados, brillantes. Tenía la energía de una tormenta a punto de descargar. Diana se sacó la camiseta. Debajo no llevaba sostén. Sus tetas tenían los pezones duros como balas. Me miró, evaluando mi reacción, y luego sonrió como ...