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Se Convirtió en la Puta de un Mendigo - Final
Fecha: 12/06/2026, Categorías: No Consentido Autor: Perla Iglesias, Fuente: TodoRelatos
Julieta quedó tendida en la cama, el brazo todavía atado al cabecero, la piel marcada por los dientes y las uñas de Josefino. El aire de la habitación olía a sexo y sudor, un aroma crudo que se pegaba a su piel como una segunda humillación. Pero lo más vergonzoso no eran las marcas, ni siquiera los moretones que empezaban a florecer en sus caderas. Era el calor que no se iba. Con la mano libre, sus dedos descendieron lentamente por su abdomen, temblorosos, como si no estuvieran bajo su control. —Mmm… qué rico… —susurró para nadie, los ojos cerrados, recreando en su mente cada segundo de lo ocurrido: la manera en que él la había doblado sobre la cama, cómo sus gruñidos resonaban en su oído, la sensación de estar completamente poseída. Sus dedos encontraron su sexo, todavía hinchado, sensible, empapado. Un gemido escapó de sus labios al rozar el clítoris, tan delicadamente que casi dolía. "Esto está mal… esto está tan mal…" Pero su cuerpo no escuchaba razones. Se imaginó las manos callosas de Josefino en lugar de las suyas, su boca mordisqueando sus pechos mientras la penetraba sin piedad. —¡Aaah! —arqueó la espalda, los pechos moviéndose con cada jadeo, los pezones rozando las sábanas en un contraste delicioso. Se masturbó con una urgencia que nunca antes había sentido, como si intentara alcanzar algo que siempre había estado fuera de su alcance. Cuando el orgasmo llegó, fue tan intenso que vio estrellas, las piernas temblorosas, los dedos ahogándose en ...
... su propia humedad. Y luego, el vacío. —¿Qué me pasa? ¿Tan puta fui siempre? —murmuró al techo, la voz quebrada. Se comparó con otras mujeres, con esas figuras de las noticias que lloraban frente a las cámaras después de algo así. Ellas llamaban a la policía. Ellas se escondían. "Yo sigo mojada, esperando que vuelva a pasar…" La mañana llegó con una claridad brutal. Julieta se despertó con el brazo todavía dolorido por las ataduras, pero con una certeza cristalina: ese vagabundo, ese Josefino, era su violador. Lo sabía en el modo en que su cuerpo reaccionaba al recordar el olor a tabaco y sudor, en cómo sus piernas se cerraban instintivamente al evocar la voz ronca. Se vistió con una deliberación que rayaba en lo obsesivo. Un vestido rojo escarlata, ceñido, que se detenía varios centímetros por encima de las rodillas. Medias de red negras, tacones altos que hacían eco en el piso como pequeños disparos. No llevó sostén, solo una tanga mínima que sabía que no serviría de barrera si él decidía tomarla otra vez. "Que me mire. Que sepa lo que está perdiendo al esconderse." La universidad fue un trámite. Los hombres volvían la cabeza al pasar, las mujeres murmuraban entre dientes. Julieta no les prestó atención. Cada minuto en clase era un minuto menos para lo que realmente importaba. El vagabundo estaba en su lugar habitual, ese rincón entre el edificio abandonado y la cafetería, donde el olor a café rancio se mezclaba con el moho. Hoy, a la luz del día, ...