1. LNE (y 15). El mapa del jardín de los afectos


    Fecha: 20/06/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos

    ... gemido.
    
    —Dios… —soltó, en un gemido largo, casi sin querer, notando la verga entrar muy lento —. No me hagas arrepentirme… de haberte dado el culo… antes del corazón…
    
    Él se detuvo por un segundo, solo para clavarle los ojos y responder en voz baja:
    
    —Lo primero lo merezco. Lo segundo, no estoy seguro.
    
    Cristina soltó una risa breve, ronca, que se convirtió en un suspiro mientras volvía a mover las caderas hacia atrás, reclamando más, más profundamente.
    
    —Entonces… merécelo.
    
    Y él lo hizo.
    
    Sus manos se aferraron a sus caderas con una firmeza cuidadosa, como quien doma una yegua salvaje sin romperle el espíritu. Ella sentía cada centímetro de polla que la sodomizaba, cada movimiento que oscilaba entre el límite del dolor punzante y la ola de placer que la dejaba sin aliento. El sudor resbalaba entre sus omóplatos. Su cuerpo, tensado como un arco, temblaba con cada embestida medida, cada centímetro entregado y reclamado.
    
    —No pares… joder… no pares… —murmuró, con voz rota—. Estoy justo ahí… justo ahí…
    
    El nudo dentro de ella, ese calor abrasador, ese pulso profundo, alcanzaba su tensión máxima, su punto de no retorno. Las manos de él subieron por su espalda, entre caricias y pequeños tirones de piel, como si buscara leer en braille lo que ella no decía. Cristina no era fácil de desnudar, no del todo. Pero en ese momento, lo estaba. Abierta. Vulnerable. Gimiendo con una mezcla de rabia y éxtasis que la dejaba al borde del colapso emocional.
    
    Y luego, lo ...
    ... sintió. El temblor incontrolable. El calor líquido derramándose desde su polla a su interior. Muy en su interior. Y ella terminó con e desgarro dulce de la entrega.
    
    Cristina gritó. No su nombre. Ni una palabra. Fue un alarido breve y húmedo, animal y humano a la vez. Se dejó caer de bruces sobre el colchón con la respiración agitada, jadeante, como si hubiera corrido hasta el borde del mundo y hubiera saltado.
    
    Él cayó a su lado, con una mano en su espalda, sin decir nada. Sólo tocándola. Y por un momento, ella no se apartó.
    
    —Me odias un poco menos cuando me corro dentro, ¿verdad? —dijo él, sonriendo, con la osadía de quien no aprendió a callarse.
    
    Ella se giró lentamente, con la mejilla pegada a la almohada y los labios entreabiertos.
    
    —Te odio con orgasmos anales. Lo nuestro es muy saludable.
    
    Él rio. Quizá no debía haberlo hecho. O no de esa forma.
    
    —A veces pienso que si fueras un poco más… dulce…
    
    Cristina lo miró como si acabara de sugerirle que se hiciera vegana.
    
    —¿Dulce? ¿Perdona?
    
    —Ya sabes… menos cínica. Más romántica. No todo tiene que ser una guerra.
    
    —¡Ah! El clásico "me encanta tu fuego, pero ¿puedes no quemarme?" —dijo, dándole espalda como quien recupera su armadura. Se quedó allí, tumbada, en silencio, mirando la ventana. Las persianas mal cerradas dejaban entrar un rayo fino de luz, cortándole la cara en dos mitades.
    
    —¿Te pasa algo? —preguntó él, sin sarcasmo está vez. Solo con una voz grave, calmada, distinta.
    
    Cristina respiró ...
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