-
LNE (y 15). El mapa del jardín de los afectos
Fecha: 20/06/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos
... cosas. Ella suspiró. Le dejó pasar. Y él se quedó. Porque a veces el desastre es el único sitio donde aún te abren la puerta. *** La casa estaba en silencio. Ese tipo de silencio que se hincha porque sabe que va a romperse. Sergio dormía en su cuarto, los brazos abiertos como si volara en sueños. Y en el salón, bajo una manta desigual que no tapaba ni las culpas, César y Esther se miraban con esa mezcla que no es amor, ni deseo, ni perdón. Era puro “otra vez aquí”. —Sabes que es una mala idea, ¿no? —murmuró ella, ronca. —Lo sé —le rozó la pierna bajo la manta—. Pero desde que abriste la puerta, estoy peleando contra las ganas. —No me vengas con poesía barata —dijo ella. Pero no se apartó. Se besaron como quien se cae a un pozo conocido. No era pasión, era hábito con cicatrices. Lengua, manos, memoria. Nada nuevo, pero no por eso menos efectivo. —Aún me sabes igual —dijo él. —¿A qué? —A castigo. Ella sonrió. No por coquetería, sino porque era exactamente eso. Se desnudaron con lentitud medida. No había urgencia, sólo el peso de lo inevitable. Sus cuerpos se conocían con la precisión del archivo viejo. Sus pechos reaccionaron al contacto, tensos como si no supieran que ya no había amor. Esther gimió bajo, no por pudor, sino porque la rabia también moja. —No te lo mereces —le dijo mientras él la lamía con precisión antigua—. Pero joder, qué bien lo haces. —Siempre se me dio mejor la lengua que el compromiso. Ella abrió las ...
... piernas y lo apretó contra sí. El cuerpo todavía sabía pedirle cosas que la cabeza detestaba conceder. —Hazlo. Pero no te corras. No hay segunda ronda. —Siempre exigiendo como si me pagaras. —Te pago. Con mis orgasmos. La penetró de lado, empujando como quien entra a un sitio donde ya fue feliz y ahora solo busca refugio. Esther se aferró a su cuello. El ritmo era cadencioso, casi ritual. No hablaban. No hacía falta. En una pausa, ella se giró. De espaldas. Lo miró por encima del hombro. —Hazlo. —¿Estás segura? —¿Tú crees que vengo por cariño? Lo que más me jode es que sigas siendo el mejor en esto. Se abrió las nalgas. Pequeñas. Tensas. Con la misma oscuridad de siempre. Él tragó saliva y fue despacio. Como si recorriera un camino sagrado y jodido. Ella frunció el ceño, se mordió el labio. El dolor punzaba. Pero también había electricidad. —¿Sabes que… no se lo doy a nadie más? —susurró. No supo si lo decía por él o por ella misma. Él no contestó. Solo dibujó círculos lentos con la punta de su verga, como marcando territorio. —Fuiste el primero… Y el único... Porque contigo aprendí que no tenía que fingir que no me gustaba. El primer embiste fue lento, pero firme. Esther apretó la mandíbula. Se apoyó en los codos. El ardor era físico, pero también simbólico. Como si su cuerpo recordara lo que su cabeza no quiere aceptar. —Joder, César… despacio… —Tranquila —dijo él. Y la sostuvo. Cada movimiento la abría en más capas. Cada jadeo ...