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Debo embarazar a mamá (14)
Fecha: 02/07/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos
... hacia un costado, y pude ver su mejilla enrojecida, los labios entreabiertos, el pelo rubio pegado a la frente. Era una pintura desordenada y perfecta. El gemido que soltó entonces no fue contenido: fue hondo, rasposo, casi gutural. Quizás en ese momento debimos pensar en que mamá podría escucharnos, pero estábamos demasiados inmersos en el placer. Mi pelvis golpeaban con una fuerza cada vez más difícil de disimular. Mi verga ya completamente hundida en ella. Sentía los músculos tensarse, el aire escasear, y una presión crecer desde la base del abdomen. Era como si su cuerpo me estuviera vaciando con cada movimiento, arrancándome el juicio. Ella alzó apenas el culo, y su cuerpo tembló bajo el mío. Yo me aferré a su cintura, como si quisiera quedarme ahí para siempre, embistiéndola con una devoción animal. Su voz se volvió una letanía de jadeos, y los míos empezaron a mezclarse con los de ella, enredándose en una respiración común, una sola boca invisible que exhalaba deseo. Me incliné hacia adelante, buscando su cuello otra vez, y mientras seguía marcando el ritmo con mis caderas, le susurré al oído palabras que ni yo sabía de dónde salían. Ella asintió con los ojos cerrados. Me sentía suspendido en un momento que parecía eterno. Cada vez más cerca, cada vez más profundo, cada vez más inevitable. Y entonces, sin aviso, su cuerpo se contrajo bajo el mío. Un estremecimiento que no fue violento, sino contenido, como si estallara hacia adentro. Yo la abracé más ...
... fuerte, enterrándome hasta tan profundamente que mis testículos estaban pegados a sus nalgas. Me sorprendió que ella llegara al clímax tan pronto, pero a mí todavía me faltaba. Le di un beso en la mejilla, uno lento, agradecido, y me aparté apenas para poder girarla con cuidado. No ofreció resistencia. Se dejó hacer, dócil y entregada, mientras rodaba hasta quedar boca arriba, con el pelo revuelto en la almohada y la piel encendida por el calor del encuentro. La miré un instante, sosteniéndome sobre un codo, y sentí que algo en mi pecho se estrujaba. Esa carita, tan hermosa, tan viva. Tenía los labios entreabiertos y húmedos, y los ojos —esos ojos celestes que parecían más claros ahora, casi líquidos— me buscaban con un brillo blando, sereno, como si me invitaran a quedarme a vivir ahí, justo en ese instante. Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano, bajando por su cuello, hasta que mis dedos se detuvieron en su clavícula. Era como si su cuerpo estuviera hecho de luz tibia y temblores suaves. Cuando acerqué mi boca, ella levantó el mentón apenas, ofreciéndose, y nos besamos. Esta vez no fue un beso ansioso ni devorador. Fue húmedo, lento, lleno de pausa. Como si estuviéramos saboreando algo que todavía no terminaba de pasar. Sentí sus muslos aferrarse a mis caderas, y mi cuerpo se acomodó por reflejo. La penetración fue un desliz suave, como si encajáramos mejor así, frente a frente, mirándonos. Ella cerró los ojos por un segundo, y soltó un suspiro que ...