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Debo embarazar a mamá (14)
Fecha: 02/07/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos
... los músculos ardiendo y el corazón latiendo como un tambor tribal en el pecho. Pasé una mano por su mejilla húmeda y la besé despacio, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Ella me respondió el beso con dulzura, con la boca blanda y todavía temblorosa. —Quizás puedas acabar tres veces —le dije al oído, con una sonrisa pícara, dejando que mi voz se volviera casi un ronroneo. Ella rio, agitada, y negó con la cabeza, sin abrir los ojos. —¿Tanta confianza te tenés? —No es confianza en mí. Es en los dos. En cómo nos complementamos —susurré, bajando por su cuello con la boca, dejando un rastro de besos húmedos y perezosos. Mis dedos comenzaron a explorar otra vez, con la misma lentitud con la que un pintor traza los primeros contornos sobre el lienzo. Su piel estaba caliente, salada, como si todo su cuerpo se hubiera transformado en una fuente de calor. Cada caricia era como una chispa que volvía a encender lo que, un instante antes, parecía apagado. Deslicé los labios por su clavícula, por el centro del pecho, bajando sin prisa. Ella se removió apenas, como si no quisiera dejar de entregarse, pero tampoco supiera muy bien cómo hacerlo otra vez. —Estás recaliente —murmuré. —¿Y vos no? Seguí bajando, dejando besos en su abdomen, en su pelvis, bordeando con la boca la línea de la tanga que aún tenía corrida hacia un costado. Se la quité del todo, despacio, como si fuera parte del ritual. Ella levantó apenas las caderas para ayudarme, con un ...
... gesto automático, y luego volvió a apoyarse, entregada del todo. Cuando mi rostro se acomodó entre sus piernas, ella tensó los muslos por reflejo. Ahí estaba su concha. Mojada, largando un fuerte olor que no me intimidó en absoluto. Más bien al contrario, hizo que la pija se me pusiera dura de nuevo. Mis labios comenzaron a recorrerla con suavidad. Sentí el calor latente de su cuerpo volver a florecer como una fruta madura, y me entregué a la tarea como quien encuentra una canción que no quiere dejar de escuchar. Al principio solo fueron lamidas suaves, casi tímidas. Pero a medida que sus jadeos se hicieron más cortos y su cadera empezó a moverse apenas, mis labios se volvieron más insistentes. Usé la lengua como una pluma y luego como una brasa, alternando movimientos sutiles con otros más audaces. Ella jadeó, hundiendo los dedos en las sábanas. —Ay, no... no puedo creer que la chupes tan bien... —susurró. La miré desde abajo y vi su vientre temblar. Tenía los ojos cerrados, las mejillas encendidas, las piernas algo abiertas, pero tensas, como si el placer fuera demasiado para procesarlo. Seguí con la lengua, delineando su sexo con precisión, haciendo pausas para besar los bordes, para soplar suavemente, para morder el aire junto a su piel. Cuando me concentré en el clítoris, su excitación alcanzó un nuevo nivel. —Sí, quedate ahí —dijo de pronto, con una voz ronca y entrecortada—. Solo hacé eso... Quedate ahí para siempre. Así que obedecí. Redoblé ...