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A orillas del deseo
Fecha: 04/07/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Mentula, Fuente: TodoRelatos
Me llamo Javier. En torno a los 40 años, sevillano de nacimiento, publicista de profesión y, felizmente en pareja. Llevo varios años con Clara, mi novia, compañera de vida, cómplice en muchas cosas... pero no en todas. Ella es dulce, organizada, un poco controladora a veces, pero siempre ha sido mi refugio en la tormenta. Vivimos juntos en Sevilla, en un piso luminoso del centro, con azotea compartida y vecinos que se saludan por el nombre. Llevamos una vida tranquila. Demasiado tranquila, quizá. Este verano decidimos hacer algo distinto. Salir del calor sevillano, del asfalto que arde, de la rutina predecible. Cogimos el coche y pusimos rumbo al norte, hacia Cantabria, buscando aire, brisa, mar. Habíamos oído maravillas de una playa escondida, así que alquilamos un apartamento cerca, con terraza y vistas a la costa. Era nuestro pequeño paraíso por dos semanas. No sé cómo empezó todo exactamente. Supongo que fue en esa playa, donde el mar rompe con una fuerza casi sensual contra la arena mojada y la brisa huele a sal y promesas. Clara y yo habíamos llegado buscando escapar de la rutina, como cada verano. Pero este año... este año algo se rompió. O se encendió. Aún no lo tengo claro. Fue el segundo día cuando los conocimos. Marcos e Irene. Ellos pusieron sus toallas cerca de las nuestras y al poco ya hablábamos de vinos, rutas por los Picos de Europa, y las mejores vistas de la zona. Clara y Marcos conectaron rápido. Él era un tipo simpático, de conversación fácil. ...
... Irene, en cambio, era más tranquila. Pero tenía algo. Una forma de mirar. De moverse. Como si cada gesto suyo estuviera medido para provocar sin esfuerzo. Y joder, lo lograba. Los cuatro estábamos en torno a los cuarenta, con esas pequeñas arrugas junto a los ojos que cuentan historias de vida. El tercer día, nos invitaron a su apartamento para unas copas por la noche. Marcos sacó vino tinto, Clara llevó unas aceitunas y queso curado, e Irene apareció con un vestido corto de tirantes, sin sujetador, que me hizo tragar saliva nada más verla. Charlábamos de cosas banales: música, viajes, series. El ambiente se volvió más distendido conforme las copas se vaciaban. Clara se reía con Marcos sobre alguna anécdota absurda de sus vacaciones pasadas, mientras yo sentía el calor del cuerpo de Irene junto al mío en el sofá. En un momento en que ella se inclinó para coger una copa de la mesa, su brazo rozó el mío. Luego su muslo. No se apartó. Tampoco yo. Clara, desde el otro lado de la mesa, comentó: —Parece que os habéis hecho buenos amigos —dijo entre risas, mirando a Irene con una ceja arqueada. Irene le devolvió la sonrisa con dulzura, pero sus dedos apenas se movieron sobre mi pierna, rozándome disimuladamente por debajo del mantel. —La verdad es que Javier tiene una conversación muy entretenida —dijo, bebiendo un trago, sin apartar la vista de mis ojos. Fue apenas un segundo. Pero ese contacto lo dijo todo. Había intención. Había deseo. La primera vez que ...