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A orillas del deseo
Fecha: 04/07/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Mentula, Fuente: TodoRelatos
... aún —le dije con una sonrisa. —Primero quiero verte rogar. Nos tiramos al sofá. Se puso de rodillas, me desabrochó el pantalón y sacó mi polla, dura como nunca. La miró un segundo, luego se la metió en la boca. Gemí. Su lengua era pura magia. Me la chupaba con una mezcla de ternura y lujuria. Me miraba a los ojos mientras me la tragaba entera, con las lágrimas humedeciéndole las pestañas. Joder, casi me corro ahí mismo. La levanté, la tumbé de espaldas en el sofá y me bajé a su entrepierna. Su coño tenía un sabor dulce, salado, adictivo. Le chupé el clítoris despacio, con precisión, mientras le metía dos dedos. Jugaba con sus ritmos, deteniéndome justo cuando ella comenzaba a temblar. Le hablaba al oído: —¿Te gusta así, Irene? —le susurraba mientras le mordía el cuello. —¿Quieres más? Ella apenas podía articular palabra. Gemía, se retorcía, suplicaba. —Por favor... —jadeaba— no aguanto más, Javier... métemela ya. Por favor, fóllame. Entonces, y solo entonces, me metí entre sus piernas y la penetré de un solo golpe. Gritó. Se aferró a mis hombros. Comencé a follarla con fuerza, marcando cada embestida. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el salón. Ella se movía debajo de mí, como si hubiera esperado esto toda la vida. La puse de rodillas en el sofá, le agarré el pelo y le metí la polla de nuevo por detrás. Su culo se alzaba perfecto, sus gemidos ...
... eran más salvajes ahora. —Te gusta así, ¿eh? —le dije. —Sí, joder, dame más... fóllame... La cogí de las caderas y aceleré. Su cuerpo temblaba. Gritó cuando se vino, con espasmos que la sacudieron entera. Yo me corrí segundos después, enterrado dentro de ella, rugiendo, sintiendo que me vaciaba como nunca. Caímos los dos al sofá, empapados en sudor. Nos miramos. No dijimos nada durante un rato. Solo nos escuchábamos respirar. La miré. Vi en sus ojos algo más que deseo. Había complicidad, culpa... y una chispa de algo peligroso. Algo adictivo. Luego ella se levantó, se puso la bata sin cerrar y me acarició el rostro: —Esto... no ha sucedido, pero tampoco ha terminado, Javier. Y tenía razón. Porque aunque volví al apartamento con Clara, con la cara lavada y la ropa cambiada, algo había cambiado. Algo irreversible. El sabor de Irene seguía en mi boca. Y su humedad aún la sentía en los dedos. Esa noche, mientras cenábamos los cuatro juntos, Clara le comentaba a Marcos: —Es curioso lo bien que nos llevamos en tan poco tiempo, ¿verdad? —dijo, bebiendo un sorbo de vino. —Sí, es como si nos conociéramos de antes —añadió Marcos. Irene me lanzó una mirada desde el otro lado de la mesa. Una sonrisa cómplice. Y su pie, bajo la mesa, rozó el mío. Suave. Como un aviso. Como una promesa. Lo prohibido ya era nuestro terreno. Y no pensaba dar un paso atrás.