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Tres copas
Fecha: 04/07/2026, Categorías: Sexo en Grupo Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos
Aquella mañana, el móvil de Sofía vibró justo cuando terminaba su café frente al ventanal del salón. Era Arturo. —Buenos días, “jefa” —dijo con su tono socarrón habitual—. Tengo un favor que pedirte. Ella sonrió con una ceja alzada. El Director de la empresa nunca llamaba tan temprano si no era para delegar algo. —Tú dirás, Arturo. Aunque ya te advierto que no pienso cargar con tus marrones desde antes de las diez. —Tranquila, esta vez es casi un regalo. Esta noche hay una fiesta en casa de uno de los promotores más potentes de la zona. Me invitó personalmente, pero creo que le hará más ilusión ver una cara bonita como la tuya. Ya sabes, estos tipos valoran el "glamour" casi tanto como los metros cuadrados. Sofía frunció ligeramente los labios. —¿Quieres que haga de florero, Arturo? No me parece lo más profesional. —No seas rancia, mujer. Te compras un vestido bonito, tomas un par de copas, das un par de besos y te dejas ver. Nada más. Sólo presencia. Y si el tipo se deja seducir por el encanto de nuestra empresa, mejor que mejor. Ella dudó unos segundos. Sabía que, en su mundo, las apariencias contaban. Y no era la primera vez que la usaban como carta de presentación. Pero tampoco era algo que le entusiasmara. —Está bien —suspiró al fin—. Pero esta vez el vestido corre por cuenta de la empresa. —Hecho —réplica inmediata de Arturo. Y colgó antes de que pudiera arrepentirse. Sofía se quedó mirando su reflejo en el cristal. Aun sin maquillaje, ...
... su piel brillaba con esa frescura que el clima de la Costa del Sol sabía conservar. Y aunque no era la clase de mujer que se rendía a los caprichos de los hombres, tampoco rehuía un buen reto cuando se le presentaba. Y éste lo parecía; o al menos, eso quiso creer… Había llegado a la Costa del Sol diez años atrás, dejando atrás una ciudad del norte donde el gris del cielo se le había ido metiendo dentro. Empezó desde abajo, vendiendo apartamentos de segunda mano en zonas poco atractivas, tragándose muchos “ya le llamaremos” y aprendiendo rápido a distinguir a los curiosos de los compradores. Nunca fue de grandes discursos, pero tenía algo que funcionaba: escuchaba. Y sabía mirar a la gente como si ya los conociera. Con el tiempo, fue haciéndose un nombre. Tenía buen ojo para las propiedades con potencial y una paciencia infinita para negociar. Arturo la fichó hace seis años, cuando ya había demostrado que sabía cerrar tratos sin perder la sonrisa ni la comisión. Su oficina era un local pequeño pero luminoso cerca del paseo marítimo. Desde allí, esa mañana, despachaba algunos asuntos antes de salir a comer. Hizo un par de llamadas para confirmar visitas, respondió correos con su eficiencia metódica y dio instrucciones a Javier, su compañero más joven, sobre una pareja de ingleses interesados en una villa con vistas. Mientras tecleaba unas notas en su portátil, pensaba en lo absurdo —y típico— de la petición de Arturo. Y sin embargo, no podía evitar cierta curiosidad. ...