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La chispa prohibida
Fecha: 06/07/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: GRQ, Fuente: TodoRelatos
Este es el segundo capítulo de la saga, donde la tensión y el control comienzan a intensificarse. Si aún no has leído el capítulo anterior, "El inicio del juego" y “El encuentro en la verbena”, te invito a hacerlo primero para disfrutar la historia en orden. La tarde en la piscina me dejó una sensación de triunfo absoluto. Cada orden cumplida, cada gesto que había hecho frente a todos, sin que nadie sospechara, me confirmaba que Claudia estaba entrando en mi mundo a una velocidad que ni ella misma imaginaba. Pero sabía que no bastaba con las pruebas públicas. No quería solo obediencia mecánica. Quería verla quebrarse por dentro, aceptar lo que en realidad estaba ocurriendo: que era la madre de una de mis amigas… y que se estaba dejando dominar por mí. Ese era el verdadero veneno. El tabú. La busqué esa noche. Sabía que la encontraría en el bar del centro, donde medio pueblo se reunía después de cenar. Entré con calma, saludando a algunos conocidos, y mis ojos la localizaron enseguida. Allí estaba: sentada en una mesa lateral, con un vestido azul que realzaba sus curvas y un aire de nerviosismo imposible de disimular. Jugaba con la copa entre las manos, como si necesitara tener algo a lo que aferrarse. Cuando me vio, bajó la mirada de golpe, pero era tarde: ya había sentido el impacto de mi presencia. Me acerqué directo, sin dar rodeos, y me senté frente a ella. —Buenas noches. —Carlos… —su voz salió temblorosa—. No deberías estar aquí. Sonreí. —Y, sin ...
... embargo, aquí estoy. Me incliné hacia ella, bajando la voz para que nadie más nos oyera. —Dime, Claudia… ¿qué sientes cuando te acuerdas de lo que pasó en la piscina? Ella se removió en la silla, mordiéndose el labio. —No hables de eso aquí… —Respóndeme —la interrumpí, firme. Levantó los ojos hacia mí. En ellos había rabia, vergüenza… y deseo. —Me sentí… expuesta. Como si todo el mundo pudiera verlo. Asentí despacio. —Y aun así, obedeciste. Ella cerró los ojos un segundo, incapaz de negarlo. Me incliné un poco más, dejando que mi voz fuera un cuchillo suave, directo. —¿Te das cuenta de lo que significa? No solo me obedeces. Eres la madre de mi amiga, y aun así haces lo que yo digo. No hay nada más prohibido que esto. Y, sin embargo… aquí estás. Vi cómo se estremecía. La palabramadre de mi amiga resonaba en su mente como un eco insoportable. Era lo que más la aterraba… y lo que más la excitaba. Sonreí, disfrutando de su silencio. —Eso es lo que te ata a mí, Claudia. No mis órdenes, no mis manos… sino lo que somos. Lo que nunca deberíamos estar haciendo. Ella respiró hondo, intentando recomponerse. Pero yo ya lo sabía: acababa de encender la chispa que la consumiría. Me recosté en la silla, fingiendo tranquilidad, aunque por dentro ardía de satisfacción. Tenía a Claudia delante, con los dedos jugando nerviosos en el tallo de la copa y los ojos esquivando los míos. Cada gesto suyo era una confesión muda de lo que sentía: miedo, vergüenza… y esa ...