1. La chispa prohibida


    Fecha: 06/07/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: GRQ, Fuente: TodoRelatos

    ... atracción que no podía ocultar.
    
    Alargué la mano bajo la mesa, despacio, hasta posar mi palma sobre su muslo. El contacto la hizo tensarse al instante, como si una corriente eléctrica le hubiera recorrido el cuerpo. Quiso apartarse, pero la presión firme de mis dedos la mantuvo en su sitio.
    
    —Tranquila —murmuré, con una sonrisa leve, como si estuviéramos hablando de cualquier cosa—. Solo quiero que recuerdes lo que pasó en la piscina.
    
    Ella apretó los labios, bajando la mirada. —Carlos… esto es una locura. Soy… soy la madre de tu amiga.
    
    Sonreí aún más, apretando un poco su muslo. —Exacto. Y dime, Claudia… ¿qué significa eso? ¿Que deberías decirme que no? ¿Que deberías levantarte e irte ahora mismo?
    
    Ella no respondió. Su silencio era elocuente.
    
    —¿Sabes qué pienso yo? —continué, acercándome un poco más, mi mano ascendiendo apenas unos centímetros bajo la mesa—. Que si de verdad quisieras poner un límite, ya lo habrías hecho. Pero no lo haces. Te quedas. Y me dejas tocarte aquí mismo, mientras finges que estamos teniendo una conversación normal.
    
    Claudia tragó saliva, el pecho subiendo y bajando con más fuerza. —Me haces sentir… culpable.
    
    —No, Claudia —corregí en voz baja, mi dedo trazando círculos lentos sobre su piel—. No es culpa lo que sientes. Es el peso del tabú. Y ese peso es exactamente lo que te excita.
    
    Sus ojos se abrieron, brillando por un instante antes de volver a bajar la mirada.
    
    Me incliné hacia ella, lo bastante cerca para que mi ...
    ... aliento rozara su oído. —Mírame a los ojos y dime que no te excitó obedecerme ayer.
    
    Ella giró lentamente el rostro, atrapada. Nuestros ojos se encontraron, y en ellos vi la batalla interna. Quiso negarlo. Lo vi en la tensión de su mandíbula, en los labios apretados. Pero también vi cómo sus pupilas se dilataban, cómo sus mejillas ardían.
    
    —No puedo… —susurró, casi inaudible.
    
    Apreté su muslo con más fuerza, marcando mi control. —Exacto. No puedes.
    
    El silencio se alargó entre nosotros. Afuera, el bar seguía lleno de ruido, risas y conversaciones banales. Pero en nuestra mesa solo existía esa tensión brutal: mi mano en su pierna, su respiración acelerada, mi voz desgarrando sus excusas.
    
    —Cada vez que pienses en mí —añadí, más bajo aún—, vas a recordar que no soy un desconocido cualquiera. Soy Carlos. El chico que conoces desde siempre. El que se sienta en tu mesa. El que podría contarlo todo en cualquier momento. Y aun así, el que te hace obedecer.
    
    Claudia cerró los ojos un instante, derrotada. El leve movimiento de sus labios temblorosos me confirmó lo que ya sabía: estaba quebrada.
    
    Retiré la mano despacio, como si no hubiera pasado nada, y volví a coger mi copa. —Muy bien, Claudia. Vas aprendiendo rápido.
    
    Ella me miró con un destello de rabia y vergüenza… pero detrás de todo eso había rendición. Y yo lo supe: estaba un paso más dentro de mi red.
    
    La copa entre mis dedos estaba intacta, pero yo no bebía. No lo necesitaba. El verdadero sabor estaba en su ...
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