-
La chispa prohibida
Fecha: 06/07/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: GRQ, Fuente: TodoRelatos
... había admitido. Era grabarlo en su mente. —No puedo… —susurró, la voz quebrada. —Claudia —la interrumpí, con la calma de siempre, pero con un filo en la voz que no dejaba lugar a dudas—. Claro que puedes. Y lo harás. Porque si no, la próxima vez no habrá recompensa… solo castigo. Ella cerró los ojos un instante, derrotada. Cuando los abrió, me miró con esa mezcla de rabia, deseo y rendición que tanto me gustaba. —Lo haré… —dijo al fin, en un susurro casi imperceptible. Sonreí satisfecho, me levanté de la mesa y dejé unas monedas para pagar la copa. —Muy bien. Así me gusta. Me giré hacia ella antes de marcharme, inclinándome lo justo para que solo ella me oyera. —Y recuerda: cuando lo hagas, pensarás en mí. Solo en mí. Me alejé con paso tranquilo, dejando a Claudia sola en la mesa, con el vestido azul, la copa entre las manos y una orden clavada en su piel como una marca invisible. Esa noche no necesitaba verla para saber lo que estaba ocurriendo. Me bastaba con cerrar los ojos y pensar en la orden que le había dejado marcada como un hierro candente. Claudia llegaría a su casa con el corazón latiendo a toda prisa, intentando convencerse de que no iba a hacerlo. Se diría a sí misma que era una locura, que debía olvidarlo. Pero yo ya conocía esa mirada suya, esa mezcla de miedo y deseo que la traicionaba: sabía que al final obedecería. Puedo verla en mi mente con una claridad absoluta. Entra en su habitación, se queda un instante frente al espejo, ...
... dudando, y finalmente sus manos tiemblan al desabrochar el vestido azul. La tela cae al suelo, revelando su piel desnuda. Siente frío, pero es un frío distinto: el de estar expuesta, vulnerable, siguiendo una orden que no debería aceptar. Sus ojos en el espejo la enfrentan a la verdad. No está sola. Yo estoy allí, en su cabeza, obligándola a cumplir. La imagino cerrando los puños, tragando saliva, y al fin susurrando con voz quebrada: —Me excita obedecerte… Una vez. De nuevo, un poco más alto: —Me excita obedecerte… Y una tercera, con la voz rota, pero clara: —Me excita obedecerte. En ese instante sé que se odia a sí misma por repetirlo. Sabe que esas palabras la encadenan aún más a mí. Y, sin embargo, al mismo tiempo, siente el calor que le recorre el cuerpo. Sé que después se mete en la cama desnuda, como le ordené. Que se queda inmóvil, con las sábanas pegadas a la piel, recordando cada gesto, cada mirada, cada palabra mía. Y sé que mientras lo hace, yo soy lo último en lo que piensa antes de quedarse dormida. No necesito estar allí para dominarla. Mi poder ya ha cruzado las paredes de su casa. Ya no hay refugio para ella. Sonreí en la oscuridad de mi cuarto, satisfecho. Claudia había obedecido, aunque odiara admitirlo. Lo había hecho porque yo lo dije. Y eso me confirmaba lo que ya sabía: ahora su cuerpo y su mente eran míos. La mañana siguiente el pueblo despertaba lento, como siempre después de una noche de bar. La plaza olía a pan recién ...