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Relajos y Pingas 5
Fecha: 10/07/2026, Categorías: Hetero Infidelidad Sexo con Maduras Autor: Pachito, Fuente: SexoSinTabues30
Capítulo 5: El fuego con Claudia El calor de San Isidro me tenía sudando como chancho, pero no era solo el sol que quemaba esa tarde. Estaba en el garaje de la casona del jefe, escondido detrás del carro, con el short abajo y la pinga en la mano. La imagen de la flaquita del jefe en su bikini rojo y de Claudia con la morena en la piscina me tenía la cabeza hecha un desastre. Me estaba jalando la pava, rápido y sin pensar, con los ojos cerrados, imaginando esos culos y tetas que no me dejaban en paz. Cada movimiento de mi mano era un intento de sacarme ese fuego que me quemaba desde adentro, pero entonces escuché un carraspeo que me heló la sangre. Abrí los ojos y ahí estaba Claudia, la mujer del jefe, parada a unos pasos, con una ceja levantada y una sonrisa que era puro veneno. Su bata ligera se le pegaba al cuerpo, marcando unas tetas que parecían desafiar la gravedad y un culo que me hacía tragar saliva. “Vaya, muchacho, qué ocupadito estás”, dijo, con esa voz pituca que sonaba a burla pero también a algo más. Yo quise morirme, con la pinga todavía dura en la mano y el short en los tobillos. Intenté subírmelo, pero ella dio un paso adelante, bloqueándome contra el carro. “No te apures, nadie va a saber”, susurró, y antes de que pudiera decir algo, se acercó más, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo y el olor dulzón de su perfume. “Vamos adentro, esto no se hace en el garaje”, dijo, agarrándome del brazo con una fuerza que no esperaba. Me llevó por la casa, ...
... pasando por el patio donde la piscina todavía brillaba bajo el sol, hasta su dormitorio en el segundo piso. El cuarto era puro lujo, con una cama king size cubierta de sábanas blancas y un espejo enorme que reflejaba todo. Cerró la puerta con pestillo, y yo sentí el corazón a punto de reventarme. “Siéntate”, ordenó, señalando la cama, y yo obedecí como un huevón, con la pinga todavía tiesa bajo el short. Claudia se arrodilló frente a mí, sus ojos verdes clavados en los míos, y sin decir nada, me bajó el short de un tirón. Mi pinga saltó libre, dura como palo, y ella soltó una risita baja. “Carajo, muchacho, qué sorpresa”, dijo, acariciándola con una mano, sus dedos fríos contra mi piel caliente. Se lamió los labios, y antes de que pudiera procesarlo, se la metió a la boca. Joder, fue como caer en un sueño. Su lengua se movió por la punta, chupando despacio, mientras sus manos me agarraban los huevos con una suavidad que me hizo gemir. “Tranquilo, déjame hacer”, murmuró, y empezó a chupar con más ganas, metiéndose más de mi pinga, hasta que sentí que me rozaba la garganta. El cuarto estaba en silencio, salvo por el sonido húmedo de su boca y mis gemidos torpes. Afuera, el ruido de San Isidro se colaba por la ventana: un carro pitando en la avenida, el zumbido de una moto, el canto de un pájaro. Pero adentro, el mundo era solo Claudia, con sus labios apretando mi pinga, chupando como si quisiera sacarme el alma. Sus tetas se movían bajo la bata, y yo no podía dejar de ...