-
Relajos y Pingas 5
Fecha: 10/07/2026, Categorías: Hetero Infidelidad Sexo con Maduras Autor: Pachito, Fuente: SexoSinTabues30
... su perfume dulzón llenaba el aire, y el espejo del cuarto nos devolvía la imagen de nuestros cuerpos chocando, como si estuviéramos en una película que no debía existir. Me salió de repente, con un gruñido, y la puse en cuatro, su culo blanco alzado como una bandera de rendición. Le di una nalgada, fuerte, y ella soltó un gritito que era mitad sorpresa, mitad placer. “¡Eres un salvaje, muchacho!” dijo, pero su voz estaba cargada de lujuria, y empujó el culo contra mí, pidiéndome más. Volví a metérsela en la concha, embistiendo rápido, el sonido de la carne contra la carne mezclándose con sus gemidos. Sus tetas colgaban, balanceándose con cada empujón, y yo las agarré, apretándolas mientras la penetraba con todo lo que tenía. Claudia se retorcía, sus manos arrancando las sábanas, y yo sentía que mi pinga estaba viva, palpitando dentro de ella. “Cambia, muchacho, quiero sentirte en todas partes”, dijo, y se giró, poniéndose de lado, con una pierna levantada sobre mi hombro. La posición era nueva para mí, pero no me detuve. Le metí la pinga otra vez, ahora en su coño desde un ángulo que la hacía gritar más fuerte. “¡Puta madre, qué rico!” chilló, y yo aceleré, sintiendo cómo su coño me apretaba, caliente y mojado. Sus tetas rebotaban, y ella se las apretaba, pellizcándose los pezones mientras me miraba con esos ojos verdes que parecían comerme vivo. Afuera, el ruido de San Isidro seguía: un carro pitando, una moto acelerando, un perro ladrando en la distancia. Pero aquí, ...
... en esa cama, el mundo era solo ella y yo, perdidos en un ritmo que nos llevaba al borde. La puse boca arriba otra vez, levantándole las piernas hasta que sus rodillas casi tocaban sus tetas. Le metí la pinga de un solo empujón, profundo, y ella soltó un grito que seguro se oyó hasta la avenida. “¡Dame más, muchacho, carajo!” gritó, y yo no me hice de rogar. Embestí con todo, rápido, salvaje, sintiendo cómo su coño me apretaba como si no quisiera soltarme. Sus uñas me arañaban el culo, jalándome más adentro, y yo le chupé las tetas, mordiendo los pezones hasta que ella gimió como si estuviera a punto de romperse. Cambiamos otra vez, ahora con ella encima, montándome como si fuera un caballo desbocado. Sus tetas rebotaban frente a mi cara, y yo las chupé, lamiendo y mordiendo mientras ella se movía, su coño tragándose mi pinga con cada bajada. “Voy a acabar, muchacho, no pares”, jadeó, y aceleró, sus caderas moviéndose como si tuviera un motor. Yo sentía el placer subiéndome por la columna, un incendio que no podía controlar. Agarré su culo, apretándolo con fuerza, y la ayudé a moverse, empujando desde abajo para metérsela más profundo. Claudia se vino primero, su cuerpo temblando, un grito ahogado saliéndole de la garganta mientras su coño se apretaba tanto que casi me saca el aire. Pero yo no podía parar. La volteé de nuevo, poniéndola boca abajo, con el culo en alto, y volví a metérsela en la concha, embistiendo como si mi vida dependiera de eso. “¡Carajo, muchacho, ...