1. Relajos y Pingas 5


    Fecha: 10/07/2026, Categorías: Hetero Infidelidad Sexo con Maduras Autor: Pachito, Fuente: SexoSinTabues30

    ... de un salto, con los ojos brillando de pura lujuria, y me jaló para que me sentara. “Ahora vas a sentirme de verdad”, dijo, trepándose encima de mí. Agarró mi pinga, todavía dura y mojada de su saliva, y la guió hasta su coño. Entré despacio, sintiendo cómo me envolvía, caliente y apretada, como si quisiera tragarme entero. “Carajo, qué grande”, murmuró, mordiéndose el labio mientras se deslizaba hasta el fondo. Empezó a moverse, subiendo y bajando, sus tetas rebotando frente a mi cara. Yo las chupé, lamiendo los pezones mientras ella gemía y me clavaba las uñas en los hombros.
    
    No se quedó ahí. Claudia se levantó, girándose para ponerse en cuatro sobre la cama, con el culo en alto y la concha brillando de lo mojada que estaba. “Ahora por atrás, muchacho”, dijo, mirando por encima del hombro con una sonrisa que me puso los pelos de punta. Me acerqué, temblando, y guié mi pinga hasta su ano. Estaba apretado, mucho más que su coño, pero ella se empujó contra mí, ayudándome a entrar. “Despacio, carajo”, gruñó, pero no había dolor en su voz, solo ganas. Empujé, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, y cuando estuve dentro, empecé a moverme, lento al principio, dejando que se acostumbrara.
    
    Claudia gemía, sus manos agarrando las sábanas, su culo temblando con cada embestida. “Más rápido, muchacho, no te guardes nada”, dijo, y yo obedecí, acelerando hasta que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto. Su ano me apretaba como un puño, y el placer ...
    ... era tan intenso que sentía que iba a explotar. Pero ella no me dejó acabar ahí. Se salió de repente, girándose para acostarse de espaldas, con las piernas abiertas. “Termina en mi coño”, ordenó, y yo no lo pensé dos veces. Me metí en su coño otra vez, embistiéndola con fuerza, sintiendo cómo se apretaba a mi alrededor. Sus tetas temblaban, sus gemidos eran cada vez más fuertes, y yo sabía que no iba a aguantar mucho más.
    
    El cuarto estaba cargado de sexo, sudor y el olor de su perfume. Afuera, el mundo seguía girando: un carro pitando en la avenida, el zumbido de una moto, el canto de un pájaro. Pero aquí, en esa cama, solo existíamos Claudia y yo, perdidos en un fuego que nos consumía. Mis embestidas eran cada vez más rápidas, más desesperadas, y ella me clavaba las uñas, pidiéndome más con cada gemido. “Dame todo, muchacho”, jadeó, y yo sentí que el mundo se me venía abajo.
    
    El dormitorio de Claudia estaba encendido, no solo por el calor de San Isidro que se colaba por la ventana, sino por el fuego que nos consumía a los dos. Yo estaba encima de ella, embistiéndole la concha con una fuerza que no sabía que tenía, mi pinga deslizándose en su calor mojado mientras sus tetas temblaban bajo mi pecho. Claudia me clavaba las uñas en la espalda, sus gemidos resonando en el cuarto como si quisiera que todo el barrio los oyera. “¡Carajo, muchacho, no pares!” jadeaba, sus piernas abiertas de par en par, sus caderas subiendo para encontrarse con cada empujón. El olor a sexo, sudor y ...