1. La mujer de Esteban pagó la fianza


    Fecha: 13/07/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Juan m 8722, Fuente: CuentoRelatos

    ... conquistado. De rodillas, Ana —la mujer de Esteban— los comía a los tres, uno tras otro, en una secuencia salvaje, como si compitieran por ver quién lograba mantenerla más tiempo tragando. Se turnaban con una ferocidad que parecía no agotarse, como si hubieran esperado años por ese momento. Seis manos dirigían su cabeza de un lado al otro, sin descanso, forzándola, marcando el ritmo como si fuera una muñeca articulada.
    
    Por lo general, un solo miembro de estos machos lograba ocupar su boca por completo, pero hubo momentos en los que, con la mandíbula forzada y un gesto de dolor apenas contenido, lograba abrirla lo suficiente como para que entraran dos al mismo tiempo, aunque fuera solo la punta. Lo hicieron así durante un buen rato, con la mujer de Esteban arrodillada en medio de ellos, tragando saliva, jadeando, llorando, sin poder escapar del ritmo brutal que le imponían. Su boca, usada sin pausa, pasaba de uno al otro como si ya no les perteneciera ni a ella ni a su marido.
    
    Uno de los tres vergones estaba relleno de un potente jugo de macho, y tras tanto lamerlo con una entrega casi mecánica, terminó por reventar. No fue un simple chorro: una cantidad extrema del fluido blancuzco, espeso y brillante, se desbordó violentamente, saturando su boca al instante. Ana apenas alcanzó a cerrar los labios cuando el esperma se le metió por todos los rincones: le cubrió la lengua, le llenó la garganta, rebalsó por las comisuras y cayó en hilos espesos sobre su pecho. Algunas ...
    ... gotas golpearon con fuerza su escote, otras mancharon su camisa blanca de forma brutal, dejando huellas oscuras, tibias, innegables.
    
    Quedó inmóvil unos segundos, invadida por la densidad y el calor del miembro que más le gustaba. El de juan. Su respiración se cortó de golpe, como si se ahogara no solo con la sustancia, sino con algo más oscuro, más profundo, más visceral. El sabor la desbordaba: pegajoso, empalagoso, casi obsceno. La boca le quedó inundada. Le llegaba hasta el paladar, le llenaba las comisuras, le goteaba por el mentón, y ella… no reaccionaba. Porque dentro suyo, algo más fuerte que la voluntad ya se había activado. Una corriente tibia de culpa, mezcla de desconcierto y perversión, la paralizaba. Sabía que no debía aceptar aquello con tanta naturalidad… y sin embargo, su lengua se movió.
    
    Buscó. Saboreó. Lenta, deliberadamente. Tragó con esfuerzo. El dulce le bajó por la garganta como una carga densa, viscosa, irreverente. Cerró los ojos, abrumada por la textura, por la invasión, por la intensidad sucia de ese placer que la atravesaba en silencio. Era como si cada trago fuera una confesión muda. Una rendición. Un pecado que no necesitaba palabras. Y entonces, como un latigazo, la conciencia la alcanzó: Esa leche no era la de su marido. Hacía años que no probaba la de Esteban, casi la había olvidado Lo había dejado pasar, como tantas otras cosas. Lo había dejado de lado.
    
    Ahora, en cambio, comía esto. Una verga ajena, brutal. Demasiado grande. Demasiado ...
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