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La mujer de Esteban pagó la fianza
Fecha: 13/07/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Juan m 8722, Fuente: CuentoRelatos
... masculino. Demasiado prohibido. Y lo hacía con la boca abierta, sin pudor. Lamiendo, tragando, jadeando incluso sin darse cuenta. El contraste la desgarró por dentro. Estaba engañando a su esposo. Y no en un juego metafórico. No en un pensamiento pasajero. No con palabras. Lo traicionaba con la boca, con la lengua, con el cuerpo entero. Le era infiel desde el estómago, desde la carne, desde los fluidos. Le estaba metiendo los cuernos de la forma más baja y sensual: tragando otras sustancias, otras esencias, otros sabores que no le pertenecían. Y lo hacía sabiendo. Consciente. Sabiendo que eso no era suyo. Que no debía estar ahí. Que esas vergas tenían nombre y dueño. Lo sentía como una humillación deliberada. Como si, en algún rincón oculto de su ser, quisiera que su marido la viera así, con la boca sucia, el escote manchado, los labios brillantes de otro. Como si quisiera que entendiera —sin una sola palabra— que ya era tarde. Que otra cosa, otro hombre, otro impulso, había entrado en ella. Y había entrado profundo. No era solo gula. Era adulterio. Crudo, directo, carnal. Se sintió perversa. Sucia. Infiel hasta los huesos. Pero no escupió. No se limpió. No pidió perdón. Simplemente tragó otra. Y el hecho de que no hubiera penetración vaginal no la salvaba. Al contrario: la hundía más. Porque esto no era un accidente. Era una decisión. Una decisión sucia, caliente y absolutamente voluntaria. Primero fue juan. Un único sabor, desconocido, que se deslizó en su boca como ...
... una traición suave. Apenas un lamido, un bocado culpable. Pero lo abrió todo. Algo en su interior —algo que no conocía o que había reprimido demasiado tiempo— se activó como un fuego lento. No pasaron muchos minutos antes de que viniera el segundo. Y luego el tercero. Tres hombres eyacularon en su boca, intensos, potentes. Cada uno más violento, más humillante que el anterior. Y ella los aceptó todos. De rodillas, con el cuerpo tenso y la respiración entrecortada, Ana lamía con desesperación. No por placer. Era más sucio que eso. Era necesidad. Era castigo. Era una entrega animal. Las vergas Llegaban rápido su punto de eyaculación, goteando sobre su cara, cayendo en hilos espesos por sus labios, por su mentón, por su cuello. Las gotas se deslizaban entre sus pechos, llenando su escote de una mezcla tibia y espesa que empapaba su camisa blanca. Intentaba tragarlo todo, pero no daba abasto. Se ahogaba entre los sabores ajenos, tragando infidelidad, culpa y deseo con la misma boca con la que besaba a su esposo. Los tres rufos albañiles la miraban. Primero incrédulo, luego fascinados. Ninguno dijo una palabra. Solo la observaban. Eran testigos de algo más grande que ellos. Algo que no entendían, pero que les excitaba profundamente. Veían cómo esa mujer —esa mujer de clase, de modales finos, esa mujer que no les hablaba ni los miraba a los ojos cuando pasaba por la obra— se destruía sola frente a ellos. Sin tocarla. Sin pedirle nada. Se arrastraba sola, entregándose con los ...