1. Antonio reparte rabo en casa de su sobrina


    Fecha: 25/07/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos

    ... entró como si nada, resbalando entre los labios abiertos y húmedos. El resto fue lento, tenso, grueso. Anya se aferró al sofá con las uñas, sintiendo cómo esa verga monstruosa volvía a abrirle las entrañas.
    
    —¡Ah… joder! —gimió ella, con la voz quebrada—. ¡Eres enorme, cabrón!
    
    Antonio apretó los dientes y siguió hundiéndose poco a poco, hasta que su pelvis chocó con las nalgas firmes y sudadas de la rusa.
    
    —¿Lo ves? —gruñó, inclinado sobre su espalda—. Es que este coño ya se lo sabe de memoria. Me reconoce como el dueño.
    
    Y empezó a moverse. Primero lento, marcando cada salida, cada embestida, como si le tallara la forma de su polla en el interior. Luego más rápido, más animal, con la pelvis golpeando contra sus nalgas y el ruido húmedo de sus huevos chocando rítmicamente.
    
    —¡Así, así…! —gemía Anya—. ¡No pares! ¡Dame toda la polla, Antonio!
    
    La barriga le oscilaba con cada sacudida, mientras sus pechos, ocultos aún bajo el camisón, rebotaban con violencia. Antonio jadeaba como una bestia, los músculos de la espalda marcados por el esfuerzo, la barba empapada y la mirada encendida.
    
    —¡Pedazo de agujero tragón el que tienes ahí abajo, niña! —gruñó entre embestidas—. Te estoy dejando el coño más abierto que la puerta de un bar a las seis de la mañana, preparadito para cuando tengas que sacar a ese cabezón que llevas dentro.
    
    Agarró sus caderas con ambas manos, bajó aún más el cuerpo y empezó a empujar con todo, clavando la verga hasta el fondo, haciéndola ...
    ... gritar.
    
    —¡Te estoy revolviendo al niño! —rugió entre dientes—. ¡Va a salir con mi cara de tanto que le estoy rozando la frente!
    
    Anya gimoteaba, con los mofletes contra el cojín, los ojos llorosos y las piernas temblando.
    
    —¡Sí! ¡Sí! ¡Sigue, cabrón! ¡Rómpeme, rómpeme otra vez!
    
    Antonio bufaba como un toro, golpeando cada vez más fuerte, más salvaje. El sofá crujía, los cojines se movían, y la rusa no dejaba de babear y gemir, completamente fuera de sí.
    
    En plena embestida, con los músculos en tensión y la polla encharcada, Antonio frunció el ceño, molesto. Notaba algo que le rozaba con cada arremetida, interrumpiéndole el ritmo: la dichosa braguita de Anya, aún apartada a un lado, pegada entre su pubis y la base de su polla.
    
    —¡Joder con esta puta braga! —escupió con rabia.
    
    Sin dejar de moverse, con una mano le agarró la cadera y con la otra enganchó la prenda empapada. De un tirón bruto, casi furioso, se la arrancó por completo, rompiéndola con un chasquido seco. Se la llevó hecha jirones directo a la cara, jadeando como una bestia, y aspiró el olor con los ojos entrecerrados, llenándose los pulmones del perfume ácido y caliente de la joven embarazada que tenía debajo.
    
    —Así me gusta, joder… a hembra sudada y con el coño trabajao —gruñó entre dientes, volviendo a agarrarla con las dos manos para seguir empujando como un salvaje, ahora sin obstáculos, carne contra carne.
    
    Cada embestida era un martillazo en las entrañas, una sacudida que hacía temblar todo el ...