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Antonio reparte rabo en casa de su sobrina
Fecha: 25/07/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
Recomiendo leer antes el relato “Antonio el camionero y la novia de su sobrina” Antonio aparcó el camión en batería, a lo bruto, en un solar no demasiado alejado del pequeño portón de la casa de su sobrina. El sol caía a plomo sobre el pueblo, en uno de esos domingos de julio en los que el canto de las cigarras parece ser el único murmullo del lugar. Bajó a paso lento, sudando ya por el simple esfuerzo de existir. Vestía una camiseta de tirantes blanca que exhibía sus axilas peludas, empapadas de sudor, y unos pantalones cortos que apenas le cubrían los muslos. En brazos llevaba una caja de cartón con productos que había traído de su pueblo: tomates, pepinos, longaniza, dos botellas de orujo y unas latas de berberechos y mejillones “deluxe”, según el colmado de Mari Loli. Iba a ver a su sobrina Claudia y a Anya, la novia de ésta. Hacía casi siete meses que no les ponía cara. Desde aquella tarde en la que se dejó llevar por el calentón provocado por la propuesta de su sobrina de que dejara embarazada a Anya, el cual derivó en un revolcón salvaje con la rusa. Aquello había tenido premio, sí… un bombo del tamaño de una sandía que, según decían, llevaba su sello. Su esperma. Su estampa. Un machito en camino, bien hecho y a la antigua. Desde entonces sólo habían hablado un par de veces. Una para confirmarle, con risitas de fondo, que el crío venía con colgajo. Y otra para decirle que "ya iba siendo hora" de aparecer. Antonio había resoplado, había dicho que sí, que ...
... ya iría… pero entre faenas, rutas y cabezonería, se le había ido alargando el asunto. Hasta hoy, que ya tocaba hacer las paces con ese par de bolleritas. Y, quién sabe, a lo mejor se le antojaba repetir. Se acercó al seto que cercaba la casa de su sobrina y tocó al timbre de la verja. Nada. Resopló, se rascó la barriga y probó con el móvil. —¿Claudia? Soy yo. Estoy aquí fuera, con la caja. La voz de su sobrina sonó entrecortada por el manos libres. —¡Ay, tío! Perdona, que he salido corriendo a casa de la tía Nuria. Fui a por unos papeles. ¿Puedes entrar tú solo? Anya está dentro, tirada en el sofá con Potro. Está medio zombie con este calor. Dile que se dé un manguerazo, que lleva todo el día empapada y sin moverse. —¿Y no podía haber salido ella? —Está insoportable, tío. Lleva dos semanas cachonda perdida y no me da la vida para tanto polvo. A ver si le echas un ojo. Pero sin pasarte, ¿eh? Que nos conocemos… Antonio sonrió con picardía, colgó la llamada y empujó el portón, que estaba entornado. Potro, el mastín de las chicas, levantó apenas la cabeza desde la sombra bajo el níspero y emitió un gruñido perezoso. Ni se molestó en ladrar. —Menudo guardián estás hecho, jodío —le soltó Antonio, entrando al patio con la caja en brazos. La puerta principal estaba abierta de par en par. Subió los dos escalones del porche y entró sin llamar, como en casa. Siempre lo había sido. —¿Hola? El salón olía a calor, sudor y crema hidratante. Las persianas ...