1. Una entrada sin salida al bar del placer


    Fecha: 09/08/2026, Categorías: Sexo en Grupo Autor: Analya, Fuente: CuentoRelatos

    ... dolían del placer.
    
    No lleve la cuenta de los orgasmos que tuve ni la cantidad de tiempo, solo que aparecí cerca de la barra de bebidas transpirada y con olor a sexo y alcohol. La escena a mí alrededor se había convertido en una orgía colosal. Miré el reloj y este no marcaba ninguna hora. Quería estar ya en mi casa para descansar; buscando la puerta de salida me di cuenta que seguía totalmente desnuda apenas apoyada en mis elegantes tacos altos.
    
    Di unas vueltas al lugar y el que no estaba follando, bebía o metía todo lo que pudiera en su nariz. Por fin la encontré a ella completamente desamparada de su propia persona; borracha, con su desnudez radiante, con los ojos rojizos y tambaleante. La abracé y la llevé en forma inmediata al baño para mojarle la cara y despejarla de su estado. Lave su cara. La miré bien a los ojos.
    
    Observe que me quería decir algo, pero no podía balbucear ni una sílaba. Me atreví a decidir por mi misma y creí a bien entender lo que ella quería decirme, por lo que comencé a besarla sin vergüenza, hurgando en el interior de su boca, compartiendo lo sucio de mi lengua todavía reseca del río de semen que quedó en mi boca.
    
    Abracé su blanco cuerpo y quise quedarme allí para toda la eternidad. Su cabeza acompañaba a la mía y ella me susurró algo que esforzadamente llegué a escuchar. Cumplí lo que yo suponía ...
    ... que era su deseo. La senté como pude y abrí bien sus piernas para tener su sexo a mi disposición. Sus olores eran una mezcla de azufre, semen y los exhalados por su propia excitación.
    
    Coloqué su cabeza entre sus piernas y comencé a chupar. Abrí bien sus labios y los exploré en toda su dimensión. Ella me pedía más con unos gemidos exagerados. Mi lengua ya estaba áspera de tantos orgasmos que saboreaba.
    
    Cuando ya el cansancio se apoderó de nuestros cuerpos decidimos salir de allí, buscamos puertas, atajos. Chocábamos con una mujer gorda frotando una verga entre sus senos, con un hombre firmando un largo papel con su sangre que le chorreaba de su muñeca, con un moreno con un afro característico quemando una guitarra.
    
    No podíamos, sin embargo, encontrar una salida. Solo volvimos a ver a nuestro anfitrión ya totalmente despojado de sus ropas y colgando su sexo desmedido. Él, reanudó su eterna sonrisa, abrió aún más sus ojos y nos hizo saber el reglamento el lugar.
    
    —Ustedes ya forman parte de nuestro elenco perpetuo de visitantes. No podrán salir nunca más de aquí, firmaron un pacto con sus cuerpos, con sus lujurias y con su búsqueda de placer. Este es el precio que pagaron por eso.
    
    Mi amiga y yo nos miramos atónitas, sin embargo, en nuestro subconscientes sabíamos que la entrada al lugar era eterna y no había vuelta atrás. 
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