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La nueva compañera de piso 4
Fecha: 09/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Naira Rose, Fuente: TodoRelatos
... poco. Miraba su bonito cabello, combinado con su sonrisa hermosa, y la atmósfera cambió. Nos reímos de algo trivial, un recuerdo absurdo de aquella primera semana en la casa. Su risa llenaba la cocina. Cuando se levantó para buscar más hielo, noté cómo el vestido se deslizaba suavemente sobre sus piernas, el contorno de su espalda marcado levemente por la luz cálida del velador. —¿Querés venir al living? Está más cómodo —dijo, con la copa en la mano y los ojos brillando. Asentí. Nos acomodamos en el sillón, más cerca de lo que la lógica sugería. Ella cruzó las piernas, apoyó el vaso en su rodilla y me miró como si estuviera por decir algo importante, pero no lo dijo. —¿Vos y Ana están bien? —preguntó de pronto, rompiendo el silencio. Me la quedé mirando. No sabía si responder con la verdad, con una evasiva... o con otra pregunta. —¿Por qué me preguntás eso? —dije, con voz baja. Ella se encogió de hombros, pero sus ojos no se apartaron de los míos. —No sé. A veces parece que estás... lejos. No dije nada. Solo asentí lentamente. La tensión estaba ahí, flotando, envolviéndonos. Ella se inclinó un poco, acercándose. —No tenés que decir nada si no querés. La forma en que lo dijo, la cercanía de su voz... todo eso hizo que algo se rompiera, o tal vez se liberara. Ella se inclinó un poco, acercándose. —No tenés que decir nada si no querés. Sus palabras fueron suaves, pero me atravesaron. El silencio entre nosotros era denso, casi ...
... eléctrico. Sus ojos estaban fijos en los míos, desafiantes y a la vez vulnerables. —Noe... —murmuré, apenas audiblemente, como si decir su nombre fuera un riesgo en sí mismo. Ella no respondió. Solo dejó su vaso en la mesa y, sin romper el contacto visual, se acercó un poco más. Ahora podía sentir su respiración. Podía oler su perfume, una mezcla de algo floral y el leve dulzor del fernet en su aliento. No sabía si era el alcohol, la soledad, o el deseo contenido de tantas noches. Pero algo en mí se rindió. Pasé los dedos por un mechón de su pelo que le caía sobre el rostro. No fue un gesto planeado. Fue como si mis manos actuaran antes que mi cabeza. Ella cerró los ojos por un segundo. Cuando los volvió a abrir, algo en ellos había cambiado. No hizo ninguna pregunta. Tampoco se alejó. Solo se inclinó lentamente hacia mí, y nuestros labios se encontraron. Fue un beso silencioso, pero lleno de todo lo que no habíamos dicho. No hubo torpeza ni apuro, solo una entrega silenciosa, como si ambos supiéramos que cruzar esa línea no tenía vuelta atrás. Sus manos se apoyaron en mi cuello. Las mías, en su cintura. La tela del vestido era suave, y el calor de su cuerpo traspasaba la fina barrera. Nos besamos por largo rato, como si el tiempo se hubiera suspendido. Como si esa noche no perteneciera a nadie más. Cuando se separó apenas, apoyó la frente en la mía. —No quiero pensar —susurró. Yo tampoco. Esa era la verdad. No quería pensar en Ana, en lo que ...