1. La cajera del súper (1)


    Fecha: 12/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Adulto38, Fuente: CuentoRelatos

    Hacía meses que la veía cada vez que iba al súper. Siempre la misma cajera: 24 años, pelirroja, ojos negros, cuerpo de esos que uno no puede dejar de mirar aunque se haga el distraído. Buenas tetas, buen culo, contextura media, sonrisa fácil.
    
    Yo pasaba con mi carrito, pagaba, cambiábamos un par de palabras y nada más. Nunca di un paso más allá porque siempre iba con mi esposa, y porque, en el fondo, me gustaba mantener esa distancia de cliente y empleada.
    
    Ella, con su uniforme y su peinado recogido, era una especie de fantasía que quedaba ahí, en la imaginación.
    
    Pero todo cambió una tarde.
    
    Charlando con la encargada, una vieja conocida mía, le comenté —sin medir mucho mis palabras— que hacía dos meses me había divorciado. No sabía que ella estaba cerca, pero parece que escuchó.
    
    Desde ese día, la forma en que me atendía cambió. Me miraba más, se quedaba un poco más conversadora en la caja, hasta se reía con ganas de cualquier pavada que le dijera. Yo lo notaba, y la verdad es que me gustaba.
    
    Un día, sin necesidad real, fui con la excusa de ir a comprar cigarrillos. Ni siquiera tuve que entrar, la encontré afuera, fumando en su media hora de descanso.
    
    Me acerqué, le pedí un cigarro aunque llevaba el mío en el bolsillo, solo para tener un motivo para hablarle. Charlamos un rato y en un momento le pregunté, casi sin pensarlo:
    
    —¿Hay chance de invitarte a salir alguna vez?
    
    Ella sonrió, me miró fijo y me dijo que sí. Así, sin vueltas. Me pasó su número y ...
    ... me pidió que le escribiera después de las diez de la noche, cuando ya estuviera en su casa.
    
    Esa misma noche, a las 22:30, le mandé un mensaje. Solo para que supiera que era yo y guardara mi número.
    
    Su respuesta me descolocó:
    
    “Pensé que te habías arrepentido” seguido de un emoji con los cachetes colorados.
    
    Le contesté que no, que había decidido esperar un poco para no molestar si se le había hecho tarde… y, de paso, para no quedar tan desesperado.
    
    Ahí la conversación fluyó sola. Mensajes que iban y venían, cada vez con más picardía, hasta que arreglamos para vernos el sábado.
    
    El plan era simple: yo pasaba por su casa a las 20, la buscaba en el auto, y desde ahí veíamos a dónde ir. Así quedamos.
    
    El resto de la semana se me hizo eterna. Cada vez que pensaba en el sábado, en verla sin el uniforme, en estar con ella fuera del súper, se me aceleraba el corazón. No sabía exactamente qué iba a pasar, pero sí sabía que esa salida prometía mucho más que una simple cena.
    
    El sábado llegó y yo estaba nervioso como un adolescente. Me puse un jean, championes blancos y una camisa blanca arremangada.
    
    Cuando pasé por su casa, apareció ella en la puerta y me dejó sin palabras: vestido negro, no demasiado escotado pero lo justo para que la imaginación volara; corto, a media pierna, mostrando sus piernas perfectas. Boca pintada de rojo intenso y un perfume que me enloqueció desde el primer segundo.
    
    Subió al auto con una sonrisa, y yo, todavía tratando de disimular ...
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