1. Mater amantísima (1)


    Fecha: 14/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Pancho Alabarde, Fuente: CuentoRelatos

    ... y si tuviera que definirla con una sola palabra, sin lugar a dudas la palabra seria: atractiva. Contrariamente a mi padre, mi madre llegaba risueña y feliz. Se abrazó primero a mí y después a mi hermana. A ella la veía con asiduidad, a mí hacía tres años que no me veía. Mi hermana me pidió que la ayudase a instalarse en su habitación, cogí su maleta y subí con ella en el ascensor en busca de la número 304, una suite amplia y de lujo del hotel.
    
    Nada más quedarnos a solas en el ascensor mi madre se abrazó a mi cuello, me besó en los labios, me miró a los ojos y con tono grave me dijo: lo siento hijo, he sido tan mala madre para ti.
    
    Yo, hasta ese preciso momento, había mantenido intacta mi postura: estirada, distante y poco participativa, pero mi madre me desarmó, fue la primera vez en mi vida, que yo recuerde al menos, que recibía una caricia de mi madre.
    
    Me abracé a ella y la colmé de atenciones en la habitación. Apenas habían pasado unos minutos cuando mi hermana estaba golpeando la puerta de la habitación. La abrí y nada más entrar ya estábamos los tres abrazados y riendo juntos. Las lágrimas habían desaparecido y ya todo eran sonrisas. Mi hermana nos volvió a dejar solos en la habitación y mi madre se fue a dar una ducha para bajar a la recepción.
    
    Yo creo que fue la emoción del momento o el inesperado reencuentro con una madre que nunca disfruté, pero me sentía especialmente contento con mi madre… o quizás confuso, y, sin pensarlo, entré en el cuarto de baño y ...
    ... le dije a mi madre que yo la secaría con la toalla. Ella salió encantada por el ofrecimiento y yo envolví su cuerpo desnudo con la toalla y froté ligeramente su cuerpo empapado por la ducha.
    
    Ahí es cuando descubrí a Cayetana, una mujer sensual, cálida, llena de redondeces; su cuerpo mojado desprendía un fascinante olor, yo entreabrí la toalla y aspire con ansias el perfume que emanaba de su cuerpo, deje caer la toalla al suelo y fueron mis brazos, mis manos, mi cuerpo los que acariciaban sus hombros, sus cabellos, sus nalgas.
    
    La estancia se llenó de vaho y el espejo del baño me devolvía una imagen opaca de una mujer acariciada por las manos nerviosas de un hombre. Algunas gotas de agua serpenteaban por la luna y la imagen que reproducía era nítida pero incompleta, pero poco a poco el espejo se fue secando de abajo hacia arriba y ahora ya se podía apreciar en toda su majestuosidad aquel cuerpo esplendoroso. Estaba tan entregado en acariciar a mi madre y colmarla de atenciones que no fui capaz de advertir a tiempo lo que estaba sucediendo con mi pene.
    
    Se había puesto duro, bueno se había puesto a reventar y lo tenía encajado entre los muslos de mi madre. Había tenido una erección descomunal, quizás como nunca antes la había tenido. Quedé fascinado, hechizado y desde luego aturdido por la azarosa situación con mi madre, aunque ella reaccionó con total naturalidad, me miró a los ojos, esbozó una sonrisa de picardía y me dijo:
    
    -Hijo, que tienes voto de castidad, a ver ...
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