1. El calor de la cuñada vulgar y sucia


    Fecha: 23/08/2026, Categorías: Fetichismo Autor: Faridlmm07, Fuente: CuentoRelatos

    ... un buen enfermito mío… —susurraba entre gemidos.
    
    La tensión se acumulaba en su vientre. Temblaba.
    
    Me cabalgaba con fuerza, sin pausas, sin frenos.
    
    Mis manos recorrían sus muslos, su espalda húmeda, sus piernas sin afeitar, tan reales, tan suyas.
    
    Estaba dentro de un cuerpo que no escondía nada.
    
    Y cuando llegó el momento, se apretó contra mí, apretando todo su cuerpo, gritando mi nombre en el cuello, mientras su orgasmo la sacudía como una tormenta.
    
    Yo estallé segundos después, dentro de ella, atrapado, fundido en esa carne viva, sudada, cálida, intensa.
    
    Nos quedamos ahí. Sin moverse. Sudados. Pegajosos. Felices.
    
    Marcela sonrió, con los ojos cerrados.
    
    —Y mañana… tampoco me voy a bañar.
    
    La mañana siguiente, el calor no había bajado, pero yo ya no era el mismo. Mi cuerpo todavía sentía las marcas de Marcela: sus gemidos, su sabor, sus axilas húmedas en mi boca. Dormía desnuda al otro lado de la cama, con el cuerpo abierto, sucio de placer, y con ese olor brutal que aún me tenía atontado.
    
    Salí del cuarto sin hacer ruido. Quería un vaso de agua. O tal vez… solo necesitaba respirar.
    
    Y ahí estaba ella. Doña Gloria. La suegra.
    
    Sentada en la cocina, tomando café en una taza vieja. Vestido largo, sin mangas, pegado al cuerpo por el sudor. Sus brazos descubiertos mostraban vello oscuro, y su piel morena, curtida por el sol y los años, relucía como aceite bajo la luz tenue de la mañana. Tenía los pies descalzos, sucios de piso, y el cabello atado ...
    ... sin esfuerzo, con algunos mechones pegados al cuello.
    
    Levantó la mirada y me sonrió.
    
    —¿Dormiste bien, muchacho?
    
    No supe qué responder. Me sentí desnudo aunque llevaba ropa. Su mirada me atravesaba. No era ingenua. Sabía algo.
    
    Y entonces lo dijo:
    
    —No soy tonta, ¿eh? Conozco a mi hija… y sé cuándo se queda con la casa oliendo a… hombre.
    
    Se llevó la taza a la boca. Dio un trago. Y agregó, más bajo:
    
    —Y tú… todavía traes su olor en el cuello.
    
    Quise decir algo, pero no me salía nada. Ella se estiró, y lo que vi me dejó seco:
    
    Levantó ambos brazos con pereza, dejando sus axilas completamente al descubierto. Peludas. Oscuras. Sudadas.
    
    —Te vi desde anoche —dijo con calma—. Te vi cuando la seguiste al cuarto. Y escuché todo.
    
    Se levantó de la silla. Su cuerpo era más grande que el de su hija, caderas pesadas, senos grandes sin sostén, pezones marcados en la tela húmeda, y ese olor…
    
    Era distinto. Más fuerte. Más profundo. Más real.
    
    A mujer que no se ha tocado en años. A piel que no se ha bañado en días, pero que no huele mal… huele a deseo acumulado.
    
    —¿Nunca te ha dado curiosidad una mujer como yo? —me preguntó, parada frente a mí—. Sin afeitar. Sin perfume.
    
    Se acercó aún más, su aliento rozándome.
    
    —Con la piel marcada por los años… pero con las ganas intactas.
    
    Bajó la voz:
    
    —Siete años sin que alguien me abra las piernas. Y hoy amanecí… con hambre.
    
    Y entonces, sin esperar respuesta, levantó el brazo izquierdo y acercó su axila a mi ...
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