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Entre deseo y secretos: el hijastro perfecto
Fecha: 27/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Isabella, Fuente: TodoRelatos
... comprar todo lo necesario para pasar el fin de semana sin necesidad de salir. El plan era simple: carne, vino y encierro. Cuando llegamos, su hijo estaba en un cuarto jugando a la Play. Yo preferí no interrumpir, pero Juan Carlos insistió: —Fede, vení. Quiero que conozcas a Flavia. Él se quitó los auriculares con gesto automático, pero cuando me miró, su expresión cambió. Me inspeccionó con la precisión de un cirujano. Fue directo a mis tetas. Sin pudor, sin culpa. Esa mirada, yo la conocía. La de un pibe que sabe perfectamente lo que quiere. Y que sabe cómo conseguirlo. Federico era flaco, alto, con barba descuidada y unos brazos enormes. Un cuerpo más grande que su edad. Pero lo que más me impactó fue su energía: callado, seguro, de esos que no necesitan hablar para hacerse notar. —Hola, hola —dije, acercándome para darle un beso en la mejilla. Fue ahí cuando lo olí. Ese olor a macho joven, a cuerpo caliente mezclado con desodorante barato y transpiración. Ese olor me prendió fuego entre las piernas. No dije nada, pero mi cuerpo ya estaba reaccionando. Juan Carlos siguió acomodando las bolsas. Federico volvió a su juego. Y yo… yo ya sabía que esa casa, ese campo, ese encierro… iba a terminar con algo más que un asado. Siempre fui buena para controlarme. Pero su olor… Ese olor me desarmó. Me calentó al punto de necesitar pija con una urgencia animal, desesperada. Después de dejar las bolsas, llevé a Juan Carlos al cuarto. Le dije al oído: —Me ...
... dejaste caliente desde el auto. Mirá cómo estoy. Me bajé la tanga y se la puse en la cara. Él la olió como si fuera un perfume caro. Sonrió. —Tiene que ser rápido —le susurré—. No quiero que Federico nos escuche. Me tiró a la cama. Entrecerró la puerta. La habitación estaba en penumbras. Solo la luz tenue del atardecer filtrándose por la ventana. Me subió el vestido. Me metió la pija sin avisar. Yo gemía despacio, apenas un hilo de voz, conteniendo los gritos que me nacían del cuerpo. Y entonces lo vi. Detrás de la puerta, Federico. Quieto. Mirando. Su cara apenas visible entre la rendija. Estaba espiando cómo su padre me cogía. No dije nada. No hice ningún gesto. Solo lo miré. Fija. Directo. Le dejé en claro con la mirada: "Sí, te estoy viendo, pendejo." Él se fue corriendo, como si el deseo lo hubiera quemado por dentro. Pero yo no me detuve. Al contrario. Sentí que acababa solo de saber que nos miraba. La noche había caído y empezamos con los preparativos para el asado. Nadie mencionó el “evento”. Federico y yo fingimos demencia. Compartíamos un secreto —uno que ardía debajo de la ropa— pero ambos caminábamos sobre esa delgada línea entre la incomodidad y la excitación. Su padre, por supuesto, no lo había notado. No lo había visto como yo. No había sentido esa tensión pegajosa que se había instalado entre los dos. Entre risas, vino y brasas, hablamos de su vida y le conté un poco de la mía. Intentábamos sostener la normalidad como ...