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Entre deseo y secretos: el hijastro perfecto
Fecha: 27/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Isabella, Fuente: TodoRelatos
... si no nos hubiéramos cruzado las miradas detrás de una puerta entreabierta. Y entonces sonó el teléfono. Una llamada que daría comienzo a lo inevitable. Juan Carlos atendió, habló un rato y volvió al patio con las llaves en la mano. —Tengo que ir a la ciudad. Un amigo quedó tirado con el auto —dijo mientras se ponía la campera—. quedate tranquila, en una horita o dos estoy de nuevo. Quédate y charlen un rato. No dio muchas explicaciones. Ya se estaba yendo. Y cuando su camioneta se perdió entre la oscuridad del campo, entendí que ese lugar ahora era solo de Federico y mío. La casa había quedado en silencio. Solo el crepitar del fuego y el murmullo de los grillos afuera. Federico y yo compartíamos ese espacio con una tensión espesa, como si el aire mismo supiera lo que estaba por suceder. Estábamos en la cocina, las copas a medio llenar, los restos del asado en la mesa. Yo me acerqué a servir más vino y sentí su mirada clavada en mí. Esa mirada sin filtro, directa, que ya había visto antes. Una que no pide permiso. —¿Te molesta que papá se haya ido? —preguntó. —No. Me molesta que te hayas ido vos… de la puerta —le respondí sin mirarlo. Él no dijo nada. Solo se acercó. —¿Te gustó que te viera? —¿Y a vos? Estábamos frente a frente. Podía sentir el calor de su cuerpo. La manera en que su respiración me rozaba la piel. —Pensé en vos todo el día —murmuró. Le tomé la mano y la llevé a mi pecho. Su pulgar rozó mi pezón, y mi cuerpo se ...
... estremeció sin pudor. —No sos tan distinto a tu papá —le dije. —Él no va a hacerte sentir lo que yo puedo. Me apoyó suavemente contra la mesada. Sus manos subieron por mis piernas, levantaron el vestido y encontraron lo que buscaban. Mi cuerpo, listo. Ansioso. Vibrante. Sus labios bajaron, cálidos, seguros, y me tocaron como si supiera exactamente cómo hacerlo. Me abrí a ese contacto con los ojos cerrados, mordiéndome los labios para no gritar. Cuando terminé temblando, él se incorporó con una sonrisa de satisfacción. —Ahora sí —me dijo, mirándome con fuego en los ojos—. Ahora empezamos. Él me tomó de la cintura y me levantó sin esfuerzo. Sus manos, grandes, firmes, me sostuvieron mientras me sentaba sobre la mesada. El vestido ya estaba arriba, mis piernas abiertas, su cuerpo entre ellas. Nos miramos un segundo. Fue un silencio eléctrico, como si todo el aire del lugar se hubiera cargado de estática. Yo respiraba agitada. Él me observaba como si ya fuera suya. Cuando me besó, fue con hambre. Un beso que no buscaba ternura, sino territorio. Me mordió el labio. Yo gemí bajito. Sus manos bajaron por mi espalda, apretaron mis caderas, y me atrajeron más. Me rozó con fuerza entre las piernas, por encima, apenas, y mi cuerpo respondió al instante. No hubo necesidad de hablar. Mi humedad decía todo. Él bajó un poco la cabeza y me susurró al oído: —Que linda sos, tenes una conchita hermosa. —Pendejo atrevido, que bien la chupas. Usame toda —le ...