1. El equipo de futbito (II)


    Fecha: 30/08/2026, Categorías: Gays Autor: Bastian Baltux, Fuente: TodoRelatos

    ... Después, se levantó y cogió la mochila, que había dejado en el suelo, detrás de la silla. Estiró el torso para colgársela de los hombros. En el pantalón, bajo su ombligo, se marcó la sonrisa de Amazon.
    
    —Está bien, míster. Hablaré con él. Con lo que sea le digo.
    
    Lo acompañé hasta la puerta del despacho.
    
    —Sin compromiso —añadí para despedirlo—. Si es que no, buscaremos otra cosa. Nos apañaremos.
    
    —Tranquilo.
    
    Lo vi marcharse, con el culo, tan esférico como el balón con el que jugábamos, balanceándose bajo el pantalón blanco del equipo.
    
    Por la noche, recibí un escueto mensaje en el teléfono:
    
    Hablado, míster. Sin problema.
    
    Ernesto no era nada aficionado al fútbol, me explicó Luis. Así que había accedido a venir uno o dos partidos más. Ganarlos nos valía matemáticamente para mantener la categoría. Pero había que jugarlos.
    
    Llegó el siguiente partido y la pareja cumplió su palabra. No sé en qué términos lo convenció, no quise indagar. Solo te puedo contar lo que vi: un chaval, orgulloso de su cuerpo curvy, con pantalones vaqueros ajustados y camiseta que le marcaba los pechos, entró en el vestuario cuando los chicos ya estaban listos para salir al campo. Luis lo esperaba en una banqueta del fondo, con las piernas separadas y los brazos extendidos, invitándolo a un abrazo. Él metió su rollizo torso entre los bíceps de su novio, que enterró la cara en su pecho. Luego, como si no les importara que el resto de chavales los observaran, le colocó las manos, bien ...
    ... abiertas, sobre las generosas nalgas. Y se besaron.
    
    Mejor dicho, se pegaron el lote. Un morreo largo y lento, con chupeteos lascivos que se podían oír desde fuera.
    
    Todo bajo la atenta mirada del resto del equipo.
    
    —Mucha suerte, chicos —dijo Ernesto en tono zalamero, cuando soltó a su novio, antes de marcharse.
    
    El vestuario quedó en silencio.
    
    —¡Vamos, chicos! —grité, dando palmadas como quien espanta gallinas—, ¡vamos, vamos!, ¡concentración y a por ellos!
    
    Mi reclamo los devolvió a la realidad. Me coloqué en la puerta del vestuario y, uno a uno, les fui chocando la palma de la mano mientras salían al terreno de juego.
    
    —Vaya tela, míster —resopló José Luis, reprimiendo una risa.
    
    —Anda, ¡tira! —dije, pegándole una palmada en el culo.
    
    Como el resto de los chicos, jugó empalmado.
    
    Como en el partido anterior, la victoria fue nuestra.
    
    Tras el encuentro, en el vestuario, les di la enhorabuena. Uno a uno, les estreché la mano, con un abrazo y palmadas en los culos. De algunos, los descamisados, aproveché para aspirar el olor de sus cuerpos sudados. Deberías haber visto sus pantalones. Buenas vistas para un entrenador mirón.
    
    Me fui al fondo, con mi cuaderno, para anotar mis reflexiones sobre el juego. Siempre lo hago nada más acabar, cuando las sensaciones aún están frescas. De vez en cuando levantaba la vista del papel. Frente a mí, entre risas y comentarios velados sobre Ernesto, terminaron de desvestirse: pantalones, camisetas. botas, medias y, al ...