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El Calor de la Ciudad
Fecha: 15/09/2026, Categorías: Infidelidad Autor: edith, Fuente: TodoRelatos
... Clarita, dejándote follar mientras tu marido espera sus papas," gruñó, su voz temblando de excitación. Empezó a follarme con fuerza, su polla entrando y saliendo, mi coño tan lleno que sentía cada vena, cada pulso. Mis pechos grandes se balanceaban bajo la camisa abierta, y mis gemidos se mezclaban con sus gruñidos. Nunca me he sentido tan llena. Tan viva. Estaba al borde del clímax, mi cuerpo temblando, cuando Esteban me agarró por el cuello con una mano, atrayéndome contra su pecho sudoroso. Su piel morena y cálida me envolvía, su aliento caliente en mi oreja. "Eres mía ahora, Clarita, no del cornudo," susurró, sus embestidas implacables, su control físico y psicológico absoluto. Un orgasmo me atravesó como un relámpago, mi cuerpo convulsionando, mis uñas clavándose en los sacos, mi mente nublada por la mezcla de sumisión y empoderamiento. Me rindo a él, pero esto es mío. Este placer es mío. Sentí su semen cálido llenarme, desbordándose, corriendo por mis muslos, empapando las medias rasgadas, y el mundo se redujo a ese momento. Cuando terminó, me arreglé la camisa y la falda, el cuerpo dolorido pero vibrante, el semen de Esteban marcando mi piel bajo las medias destrozadas. "Vuelve cuando quieras, Clarita. Qué buena esposa eres, trayendo las compras y dándome todo esto," dijo, ajustándose los pantalones, su tono burlón resonando en mis oídos. Luego, con una chispa en sus ojos, añadió: "Por cierto, estoy buscando personal para la tienda. Alguien que pueda ayudar con ...
... el inventario... y otras cosas. ¿Te interesa, Clarita? Serías una gran empleada." Su risa baja era una mezcla de burla y promesa, y mi corazón dio un vuelco ante la idea de estar más cerca de él, de este juego peligroso que me hacía sentir viva. Asentí, recogiendo la bolsa con las cervezas, papas, salsas, tortillas, refrescos y cacahuates que Javier había pedido. "Ya veremos, Esteban," murmuré, mi voz temblorosa pero con un dejo de desafío, mi cuerpo aún vibrando por lo que había hecho. Caminé de regreso por las calles polvorientas, el calor de la ciudad envolviéndome, pero no tanto como el fuego que ardía entre mis muslos. Cada paso, con los tacones resonando y las medias rasgadas rozando mi piel, era un recordatorio de mi transgresión: el dolor dulce en mi cuerpo, el peso del secreto que cargaba. Javier no lo sabrá nunca. No me ve. Nunca me ve. Pero la idea de Esteban, alto y moreno, controlándome, viéndome, deseándome, y ahora ofreciéndome un lugar en su mundo, me hacía sentir poderosa, aunque fuera por un instante, a pesar de mi sumisión. Cuando llegué al departamento, el sonido del televisor me recibió antes que la voz de Javier. Estaba desplomado en el sillón, una cerveza vacía en la mano, los ojos vidriosos fijos en el partido de fútbol. "¿Trajiste todo?" preguntó, sin mirarme, su voz apagada por el alcohol y la indiferencia."Sí, amor, aquí está," dije, dejando la bolsa en la mesa, mi voz firme a pesar del temblor en mis piernas. Me senté frente a él, la falda ...