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De vacaciones con mis suegros, me la folle a ella
Fecha: 20/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Juan, Fuente: TodoRelatos
... que recordábamos del pasado. Teresa comenzó a ser ella, deseo abierto en carne viva, fuego contenido durante años. Su ropa cayó al suelo despacio, como una ofrenda. Y la mía detrás. Nuestros cuerpos se encontraron sin miedo, sin máscaras. Se buscaron, se reconocieron, se abrazaron como quien regresa a casa después de haberse extraviado demasiado tiempo. La cabaña, la tormenta, la noche… Todo desapareció salvo nosotros. Cuando la penetré, hicimos el amor despacio, como si quisiéramos memorizar cada gesto, cada sonido, cada mirada. Abrazadísimos los dos, acariciándonos, sintiéndonos la piel. Ella no paraba de gemir mientras se entregaba y yo la cubría con mis brazos y con mi boca, como si así pudiera protegerla del mundo entero. Fue una noche de entrega plena, sin palabras innecesarias, sin vergüenza. Solo miradas que se buscaban en la oscuridad, manos que curaban, bocas que recordaban que aún estábamos vivos. Cuando todo se calmó y el silencio volvió, Teresa me abrazó por la espalda, con su respiración acompasada a la mía. Sentí su mano sobre mi pecho y supe que esa noche no la olvidaríamos jamás. No sabíamos qué pasaría al amanecer, pero en ese instante, la tormenta había pasado. Dentro y fuera. Al día siguiente de esa primera noche, a la que nos lanzamos sin red de seguridad, sin saber que pensaríamos después, desperté amodorrado por el sueño, recostado sobre la cama deshecha, esforzándome en recordar los últimos momentos de la noche. Abrí los ojos ...
... lentamente y la vi a mi lado, con el cabello revuelto sobre la almohada, la sábana cubriéndole apenas la cintura y los rayos de sol que entraban por los ventanales proyectados sobre su cara, que me inspiraba, no solo ternura, sino también, vértigo. El sonido del mar golpeando suavemente en la orilla tras la tormenta y el olor a sal que traía la brisa cálida que se filtraba por las ventanas, me animaron a saliral exterior para no despertarla. La vista desde allí después de pasada la tormenta era espectacular. El azul del mar en calma no tenía nada que ver con el mar bravo de ayer. Regresé a despertarla. Ella abrió los ojos poco a poco, con cara extrañada al verme. Se cubrió con la sábana y se incorporó lentamente. Nos sentamos frente a frente, sin tocarnos. Como si nuestros cuerpos necesitaran un espacio para ponerle palabras. —¿Fue real o he soñado? —murmuró. Podía decirle que no había ocurrido y regresar con Ignacio y Clara como si nada. Pero también quería decirle que nos dimos lo que necesitábamos el uno y el otro, sin plantearnos si fue un error. Sin seguridad de saber que quería escuchar, le sonreí y acaricié su cara. —Si quieres, podemos fingir que no sucedió. Pero no me arrepiento —dije, sin rodeos. Ella me devolvió la sonrisa con una ternura que la hacía aún más hermosa. Se alzó, se sentó en la cama y me atrajo hacia ella. — Ni yo —respondió ella, bajando los ojos un instante—, salvo que para ti haya sido solo un polvo aprovechando la tormenta. Al ...