1. De vacaciones con mis suegros, me la folle a ella


    Fecha: 20/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Juan, Fuente: TodoRelatos

    ... con Clara? —se acomodó en la cama, cruzando las piernas.
    
    La pregunta me golpeó como la lluvia que cayó de repente. Me tomé un segundo.
    
    —No lo sé —respondí con honestidad—. La quiero pero siento que cada uno vivimos nuestra vida por separado. Y a mí me gustaría que hubiera algo más. ¿Y tú? ¿Lo eres?
    
    Teresa bajó la mirada disimulando su nerviosismo.
    
    —Hace años que no me hago esa pregunta —Se giró hacia mí—. No. No lo soy. Me acostumbré a vivir en una jaula de oro y ahora ya no sé si me atrevería a volar aunque se abriera la puerta.
    
    Su voz era casi un susurro. Su confesión me provocó una oleada de ternura que me llevó a abrazarla.
    
    —¿Cuándo fue la última vez que te sentiste deseada? —le pregunté con su cabeza apoyada en mi hombro.
    
    Ella se deshizo de mi abrazo. Sonrió como si esperara esa pregunta.
    
    —Ni lo recuerdo. Ignacio siempre me miró como una posesión nunca como la mujer por la que se pierde el juicio.
    
    La lluvia seguía cayendo con menos fuerza, golpeando el tejado. Nos miramos sin urgencia. Teresa jugaba con la base de la vela, pasando un dedo por el círculo de cera derretida.
    
    —Nunca me he sentido mirada como tú lo haces ahora —añadió bajito—. Y tú, ¿Cuándo fue la última vez que te atrajo tanto una mujer como para plantearte serle infiel a Clara?
    
    Su mirada directa era una invitación a la confesión. Seguía con la melena algo revuelta, el brillo de las velas en sus ojos le confería la imagen de la belleza madura en estado puro.
    
    —Ahora mismo ...
    ... —respondí, sin parpadear.
    
    Ella tragó saliva. Se levantó y apagó la vela. La cabaña quedó a oscuras, iluminada solo por los relámpagos lejanos. Se acercó sin tocarnos. Simplemente me dejó notar su cercanía. Su aliento. Su perfume que aún resistía al Caribe.
    
    —A veces hablar es más íntimo que desnudarse —dijo deslizando los dedos por mi pecho, con suavidad.
    
    La oscuridad lo envolvía todo, salvo por los relámpagos lejanos que cruzaban fugazmente las persianas de la ventaba. En la penumbra, nuestros cuerpos se intuían más que se veían, pero su presencia era tan intensa como su respiración, el calor de su piel, el latido contenido.
    
    Se sentó a mi lado en la cama. Me rodeó con sus brazos, atrayéndome encima de su cuerpo. El silencio se había vuelto una caricia de la piel y hasta el sonido de la lluvia era un eco de lo que iba a suceder.
    
    —No deberíamos… —murmuró Teresa, inmóvil.
    
    —Lo sé —dije.
    
    —Pero tampoco quiero renunciar a vivirlo.
    
    Aunque no podía ver sus ojos, sabía que me estaban mirando. Me tocó la mejilla con una caricia tan suave como hambrienta. Su pulgar rozó mis labios. Y ese primer roce, tan simple y a la vez profundo, dijo mucho más que cualquier palabra.
    
    Muy despacio, acercó también sus labios y entonces, ya no hubo vuelta atrás. Fue el pistoletazo de salida. Nos besamos mientras las manos dejaron de comportarse. Recorrieron los caminos que yo había imaginado tantas veces, deteniéndose en cada curva, en cada duda, como si el deseo fuera un idioma ...
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